Pongamos que “son iguales”, pero uno es fascista
4 de Junio de 2012 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: DestacadosEl doctor Perogrullo nos enseña que todos pertenecemos a la especie
humana. Pero ésta reúne tanto a Gengis Khan como a Francisco de Asís, a
Torquemada y a Rousseau, a Hitler y a Marx. En una palabra, somos todos
iguales en la pertenencia a la especie, pero hay algunos “iguales”
bastante diferentes. Esto vale para las candidaturas presidenciales: no
es lo mismo quien pertenece a un grupo que robó, torturó, masacró y
violó estando en el gobierno, y que tiene lazos estrechos con el
narcotráfico y la trata de blancas, que aquel que es un honesto
reformista del sistema y a quien, cuando mucho, se le puede criticar por
sus carencias políticas. Un candidato a émulo de Díaz Ordaz no es igual
que un seguidor desleído de Lázaro Cárdenas (todos ellos, por supuesto,
“iguales” en lo que respecta a la defensa del capitalismo mexicano).
Existe una diferencia cualitativa que sólo un irresponsable puede
despreciar entre una legalidad retaceada y una dictadura civil-militar
abierta.
Ahora bien, si AMLO no ganase, México se dirigiría velozmente a ese
régimen dictatorial, ya que los sectores gobernantes y sus mandantes
estadunidenses no tienen el consenso necesario para gobernar con una
fachada democrática ni un aparato estatal controlable, pues el mexicano
es un semi Estado en descomposición acelerada. Por eso las bandas del
narcotráfico, los gobernadores convertidos en señores locales y el
entrelazamiento de las cúpulas de las fuerzas armadas por los
delincuentes y el imperialismo, añadirían su lucha sangrienta a la
necesidad de la oligarquía de ejercer una brutal violencia contra toda
movilización reivindicativa o democrática. Un fascista en Los Pinos
daría el tiro de gracia al sistema nacido con la Revolución mexicana,
que se basó en un pacto tácito con obreros y campesinos a cambio de la
pasividad política de ambos, y la independencia misma del país estaría
en peligro.
Eso, y no otra cosa, es lo que México se juega en estas elecciones. Por
supuesto, en las urnas no caben el dolor, las esperanzas ni los
esfuerzos por un cambio social. Los papeles que hay que esperar las
llenen sólo garantizan la legalidad y legitimidad de un candidato, lo
cual no es poco, aunque sólo es el comienzo del comienzo, ya que la
verdadera lucha empieza el 2 de julio. En efecto, si no hay organización
y voluntad decidida de los trabajadores y oprimidos para imponer una
nueva relación de fuerzas en el país, ni siquiera está asegurado que el
aparato estatal reconozca el contenido de las urnas. Las elecciones sólo
miden la temperatura política del país; es la sociedad organizada y en
lucha la que debe convertir los papelitos impresos en fuerzas reales
para que se empiece a imponer un cambio social.
Queda un mes para convencer a los protagonistas de ese cambio. Las
encuestas amañadas no consideran a quienes no responden para no decir
qué piensan hacer, ni a los que mienten para no facilitar la posible
represión, ni a quienes no tienen teléfono pero sí comprensión y
decisión. Los medios de desinformación son medios de propaganda de la
derecha. La batalla por las mentes entra ahora en la fase al rojo vivo.
Por eso hay que oponer a los intoxicadores profesionales el “teléfono
popular” de boca a oreja, la encuesta en la colonia o la comunidad, en
el mercado, en el transporte público, la lucha por cada cabeza pensante.
La propaganda en favor del candidato de Morena deberá ser el
subproducto, la consecuencia lógica de un esfuerzo colectivo por
discutir y proponer soluciones antioligárquicas y anticapitalistas. Es
indispensable una tarea de autorganización, porque sin ésta no se podrán
controlar los resultados en las mesas ni se podrá asegurar un eventual
triunfo electoral y, sobre todo, tampoco será posible imponer
posteriormente un cambio real cuando, si gana AMLO, comiencen a
presionarlo desde la embajada gringa hasta los corruptos elegidos por
sus partidos aliados al Congreso y muchos de los que se prendieron de su
carro para llegar al gobierno y después dirigirlo hacia la derecha.
Peña Nieto no puede dar ninguna respuesta a quienes denuncian las
matanzas de sus familiares, porque él, sus iguales y su partido están
del lado de quienes cometen esos crímenes. La candidata del gobierno de
la derecha –que puso a agentes de los /narcos/ en la lucha contra las
drogas, militarizó el país y carga con la responsabilidad de decenas de
miles de asesinados– nada puede decir contra esos delitos aberrantes
cuando sólo propone la continuidad. El silencio de AMLO al respecto, en
cambio, no es un silencio cómplice ni una expresión de impotencia
política e intelectual. Ha criticado la represión en Atenco y los
asesinatos masivos, que no desconoce, pero su política está dirigida
hacia la victoria electoral (que, por supuesto, es imprescindible) y no
hacia la movilización popular, y teme perder votos moderados si presenta
propuestas de lucha. Ese cálculo, nos hemos cansado de decirlo, es
erróneo y podría llevarlo a perder votos de los indecisos, que piden
soluciones, no campañas. Pero los militantes de Morena no tienen por qué
ser tan tímidos y cautos. Lo esencial ahora es demostrar a todos que
quien se abstiene o vota en blanco abre el camino a los aparatos de
Carlos Salinas y de Salinas Pliego, de Televisa y del PRI, de la banca y
del imperialismo.
Quienes se abstuvieron en 2006 saben que votaron por Calderón y tuvieron
como resultado decenas de miles de muertos. Quienes se abstengan en
julio, votarán por el represor de Atenco, por el candidato a repetir el
papel de Díaz Ordaz. Así de simple. Hay, por supuesto, almas puras que
susurran: “¿cómo votar por un candidato burgués?” Pero si no lo hacen
corren el riesgo de contarse entre las primeras víctimas de una
dictadura. Esperemos que despierten a tiempo. Guillermo Almeyra
3-06-2012