La izquierda contra la dictadura de la deuda
22 de Noviembre de 2011 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: MundoPor Francisco Louça.-
El debate en la izquierda acerca de la respuesta a la crisis de la deuda es
fundamental para definir la política socialista. Este texto se ocupa de eso.
En la primera parte, discuto la crisis del euro. Pretendo argumentar, como
muchos otros, que ella es estructural y permanente, al contrario de lo que
afirma el consenso entre la socialdemocracia y la derecha. En la segunda
parte, discuto las dos nuevas alternativas que han sido propuestas contra la
estrategia del europeísmo de izquierda: la salida nacionalista y el salto para el
Estado Europeo. Pretendo probar que estas alternativas tienen tres problemas:
son violentamente contradictorias, se apoyan en el ocultamiento de sus efectos
económicos y sociales reales e ignora la relación de fuerzas en que se
efectúan esas opciones. En la tercera parte, discuto el nuevo europeísmo de
izquierda y pretendo probar que una alternativa económica exige una estrategia
de lucha de clases. Para ello, volvamos a lo esencial.
La crisis del euro es estructural y va a agravarse
Las definiciones fundadoras de la Unión Europea y, en particular, de la
creación de la moneda única, tienen el cuño del consenso histórico entre la
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socialdemocracia y la derecha. De hecho, sobre las opciones fundamentales
para esta estructura institucional, no existió alguna diferencia esencial entre
estos socios. Fue una amplísima mayoría de gobiernos socialdemócratas la
que definió las reglas de Maastricht, que son el pilar fundacional del euro –
máximos permitidos de 3 por ciento del déficit y de 60 por ciento de deuda y,
todavía más importante, la obligación de una contención permanente de la
inflación a niveles insignificantes. Esos dogmas son hoy los instrumentos de la
derecha que gobierna la Unión Europea (UE) y el origen de los problemas
actuales. No son otros para la máquina de destrucción de las normas sociales
del Estado de bienestar.
El problema es que el euro que resulta de ese consenso es una construcción
insostenible. Es incoherente, vulnerable, desigual, perjudicial a la mayoría de
los Estados y, fundamentalmente, vacía la democracia. Es preciso por eso
analizar en detalle porque está fracasando el euro.
El euro es la crisis
La política de los líderes de la UE está cerrado en un consenso inicial muy
fuerte: la creación de un régimen de financierización dominante mediante el
euro, imponiendo a cada Estado el condicionamiento de su economía y la
minimización de los gastos sociales. Este consenso ha sido debilitado por
brechas en relación al manejo de las respuestas a la crisis: algunos gobiernos
aceptan hoy los eurobonds que rechazaron siempre, unos quieren reducir las
deudas con una pequeña desvalorización del capital, otros sostienen el modelo
de expoliación de Grecia y de las otras economías periféricas. Las línea que
siguen discuten estos dos puntos: la razón de la crisis del euro y las tentativas
de solución dentro el euro.
En efecto, voy a resumir los análisis de Paul de Grauwe, un economista belga
que es uno de los más reconocidos críticos del modelo del euro y que intenta
remediarlo con varias propuestas (The Governance of a Fragile Eurozone,
working paper de la Universidad de Lovaina).
De Grauwe escribe que, cuando existe una zona de moneda común como el
euro, todas las economías pasan a emitir deuda soberana en euros pero, como
no tienen control nacional sobre la moneda, se tornan vulnerables a los
ataques especulativos que pueden forzar su quiebra, o default o cesación de
pagos. O sea, el euro aumenta el riesgo de quiebra.
El ejemplo que presenta es la comparación entre España y el Reino Unido,
entendiéndose que la proporción deuda/PIB inglés es mayor (en 2011 la
diferencia entre uno y otro es de 17 por ciento). Sin embargo, el Reino Unido
cuando emite deuda soberana paga tasas de interés menores, a pesar de estar
mucho más endeudado. Hay evidentemente una primera razón para esta
diferencia, que de Grauwe además ignora: los mercados financieros imponen
tasas de interés considerando sus expectativas pero también su poder frente a
cada economía, y el poder del Reino Unido es muy superior al de España,
porque es uno de los mayores centros financieros y una gran economía
mundial.
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Pero la segunda razón, que es analizada en detalle por de Grauwe, es muy
importante para percibir la debacle del euro: es que, de existir un fuerte ataque
especulativo, el Reino Unido tiene una capacidad de respuesta que España – o
Portugal– no tienen. Imaginen que los especuladores temen el incumplimiento
británico y que, por ello venden los títulos de esa deuda pública. De esta
manera el valor de su interés sube. Pero, en ese caso, los vendedores de los
títulos normalmente irán a cambiar por otra moneda las libras que recibieron, lo
que provoca dos efectos: la libra automáticamente se devalúa (se devaluó el 25
por ciento desde el inicio de la crisis), lo que facilita las exportaciones británicas
y el Banco de Inglaterra comprará los títulos. La masa monetaria no es de este
modo reducida (hasta puede aumentar) y no se llega a un problema de
iliquidez. La economía corrige el problema si el Banco de Inglaterra actúa sin
vacilaciones.
Por lo contrario, si ocurriese lo mismo en España – o en nuestro país en las
mismas circunstancias – los fondos financieros venderán los títulos de la deuda
española pero podrán invertir en otra economía los euros que recibieron. Se
crea sí un problema de liquidez porque el Banco de España, que ahora es una
sucursal del Banco Central Europeo, no quiere ni está autorizado a comprar los
títulos. La oferta monetaria se reduce en España y los precios relativos no son
corregidos, pasando a tener una grave restricción que agrava la austeridad.
El efecto siguiente es sobre las cuentas de los bancos nacionales que tienen
en cartera una parte importante de la deuda pública: si los títulos valen menos,
sus balances quedan desvalorizados, tienen más dificultades para obtener
financiamiento y el crédito es restringido.
Sí, existe también un problema de deuda privada que, en Portugal como en
otros países, es mayor que el de la deuda pública. Y ese problema agrava los
costos de los préstamos que los bancos nacionales obtienen conjuntamente de
la banca internacional.
Indirectamente los trabajadores están pagando ese costo con el agravamiento
de los intereses cuando piden nuevos créditos y con el aumento de los
impuestos para financiar las rentas que el Estado paga a la banca. Pero no
hacerse ilusiones: incluso cuando ese problema no existiese, la presión sobre
la deuda soberana podría todavía tener un efecto desastroso, como está
pasando.
El efecto dominó es por ello muy fuerte: la especulación financiera consigue
amenazar una economía vulnerable y el Estado puede quedar insolvente
simplemente si los mercados financieros temen que quede insolvente. Para
responder a esta dificultad, la ortodoxia europea sólo concibe la solución de la
austeridad, que es la de la recesión.
Sólo que ese efecto de amenaza a las economías del euro no es la única
amenaza en Europa. El Reino Unido, en el ejemplo de De Grauwe, está ahora
aplicando la más salvaje ley de la austeridad, multiplicando los costos en las
universidades, cortando la salud, atacando a los pobres, reduciendo la
inversión y creando desempleo – a pesar de contar con todos los instrumentos
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monetarios para relanzar la economía contra la especulación. O sea, el
problema europeo no es sólo el euro. Es también la lucha de clases.
La solución europea ha sido el aumento de la explotación por la vía de la
austeridad
La respuesta europea a estas crisis nacionales acentuadas por la
vulnerabilidad del euro es bien conocida: planes de austeridad para recuperar
la competitividad a partir de la desvalorización de los salarios directos (quitar el
subsidio por Navidad y feriados, recortar los salarios, aumentar el horario de
trabajo) e indirectos (aumentos de los costos de la salud y educación,
reducción de las pensiones). La austeridad provoca recesión, que agrava el
déficit fiscal, lo que obliga a nuevos aumentos de los impuestos, que agrava la
recesión. La recesión se transforma, como puede ocurrir en Portugal, en
depresión prolongada.
Esto es una buena noticia para las finanzas y para la burguesía, porque altera
profundamente las relaciones de fuerza entre las clases, abriendo las puertas a
un nuevo régimen social, despidos fáciles, fin de los contratos colectivos,
reducción del poder sindical, servicios públicos mínimos con la mercantilización
de los servicios esenciales para la vida de las personas.
Las finanzas del Siglo XXI quieren vivir tanto de los mercados de capitales (la
Bolsa) como de la gestión de los hospitales y los fondos de la seguridad social.
Pero, mientras tanto, la depresión desvaloriza una parte del capital productivo y
eso es la mala noticia para los capitalistas que marchan a la quiebra. Así
tenemos los dos polos de tensión en la clase dominante: entre las finanzas y
los bancos por un lado y entre estos los sectores y partes el capital productivo,
por otro lado.
Y es sobretodo una mala noticia para la mayoría de la población porque
significa una retroceso generacional del salario, o sea, un aumento de la
explotación. De esta manera la estructura del euro acentúa la peor de las
políticas y la desvalorización del salario.
Voy a volver después a esta conclusión, porque en ella está la clave de todo el
debate político: con el euro, la desvalorización del salario es el alfa y el omega
de la política económica de la clase dominante.
Algunas nuevas y viejas soluciones inmediatistas
Recapitulemos con De Grauwe porque él expresa con claridad la dificultad en
la búsqueda de alternativas al cuadro económico actual, aunque propone tres
alternativas principales a la gestión actual del BCE y del directorio de la UE,
Veamos cuáles son y cuál es su respectiva viabilidad.
La primera propuesta es que el Banco Central Europeo compre títulos de la
deuda soberana y los acepte como garantía de empréstitos a los bancos
privados. Eso ya se está haciendo en alguna escala a pesar de ser contra todo
lo que el BCE siempre afirmó. Pero esta medida no basta: para que su
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situación tuviese impacto, el BCE tendría que ser un factor decisivo en el
mercado de la deuda, lo que significaría comprar toda la deuda disponible,
como propuso recientemente Cavaco Silva. Tendría que comprar directamente
a los Estados y no solamente en el mercado secundario en los momentos de
aflicción. Y eso no va a ocurrir en la dimensión necesaria.
La segunda alternativa presentada por de Grauwe es la reducción del interés
impuesto a los préstamos a los países en dificultades. La razón es evidente:
una tasa de interés alta aumenta las dificultades y confirma que la propia UE
tiene expectativas de que puede existir un incumplimiento de la deuda por parte
de esos Estados, lo que facilita los ataques especulativos contra ellos. Como
sabemos, hubo una pequeña reducción (del 1 por ciento), pero el interés está
todavía más del 2 por ciento arriba de su costo de financiamiento.
La tercera propuesta de De Grauwe es un mecanismo de emisión de
eurobonds, que aseguraría el equivalente al 60 por ciento de la deuda
soberana de cada país, teniendo el Estado que soportar los títulos restantes.
Así cada país tendría dos tipos de títulos soberanos: los europeos, con tipos de
interés más bajo (pero con costos diferenciados de acceso según el riesgo de
cada economía) y los nacionales que podrían tener un interés más elevado. Es
una antigua propuesta de Jacques Delors hace ya unos 20 años. Nunca fue
concretada y es difícil que lo sea porque tiene el veto de Alemania.
Para las tres propuestas De Grauwe sugiere una contrapartida. Una autoridad
fiscal común y, por consiguiente, una Unión política. Porque no es preciso que
la señora Merkel lidere un gobierno europeo unificado para sea viable la
emisión de títulos europeos con tipos e interés razonables a los empréstitos
para las economía con problemas. Suficiente con normas aceptadas que
determinen esas acciones. Por eso, de Grauwe se contenta con pequeños
pasos. Más aún: cuanto mayor es la crisis, mayor la insistencia en soluciones
inmediatas.
Como vamos a ver luego, la renuencia anterior de los gobernantes europeos a
la lógica de estas medidas no implica que no conceda y no las aplique en
alguna medida, combinada con un coctel de otras iniciativas para no dejar caer
el euro. La reducción de los intereses de la deuda negociada con la troica
continuará y habrá incluso una fuerte reestructuración de la deuda de Grecia
con pérdidas para el capital financiero (y el BCE compensando parcialmente a
la banca). El euro no puede caer si Alemania defiende sus intereses. Por eso
habrá medidas activas para reorganizar el sistema de crédito y las relaciones
institucionales con el BCE haciendo sistemáticamente lo que por doctrina e
incluso por Estatutos había siempre rechazado.
La política que dirige Europa es autoritaria, pero consensuada entre la
derecha y la socialdemocracia
Considerando estos argumentos, el impasse actual puede ser así resumido: el
euro tiene organizado el capitalismo europeo durante los años de crecimiento,
pero flaquea cuando hay una crisis financiera, porque los mercados
especulativos atacan con éxito las economías más frágiles y crean un peligroso
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efecto dominó. La respuesta de la austeridad es simplemente austeritaria, la
austeridad es autoritaria. Solo que el efecto de contagio es muy intenso, dado
que más de la mitad de la deuda soberana de varios países está en manos de
entidades financieras de otros países. Y la recesión arrastra, agravando la
inestabilidad financiera. El euro se torna por eso un factor determinante de la
crisis.
Esta estructura del poder financiero y de la decisión europea es soportada por
un consenso entre la derecha y la socialdemocracia, que ha resistido siempre
con una ventaja para la derecha. Ella tiene un fundamento: Kohl, Schroeder o
Merkel, en Alemania, representan exactamente las mismas políticas europeas,
como Prodi y Berlusconi en Italia, o Aznar y Zapatero en España, o Durao
Barroso y Sócrates en Portugal. Para que la política no sea meramente una
imaginación alegre, invito a los economistas que han desenvuelto la crítica al
euro a recordar la configuración política que definió estas reglas, que las
impone y que las mantiene, para que podamos encontrar alternativas viables
que no ignoren los adversarios y que, por el contrario, procuren aliados que no
sean figuras de la retórica. Si me permiten les recomiendo que no cuenten con
la socialdemocracia europea: ella no va a convertirse en una alternativa
europea, porque defiende para Europa el Tratado de Lisboa con su Directorio y
el euro tal como existe.
Dos soluciones autoritarias de austeridad contra la austeridad
Esta crisis es estimulada por el euro que crea un efecto de contagio de la crisis.
Pero ella no es creada por el euro. Para que comprendamos el cuadro general,
debemos ir más a fondo y hacer lo que mayor parte de los economistas
rechazan: pensar la economía a partir de las clases sociales. Esto es lo que
hago a continuación, considerando las dos alternativas que han sido
recientemente propuestas por algunos sectores de izquierda (y de derecha),
que son la opción nacionalista de la salida del euro y la contra-opción
federalista de creación de un Estado europeo unificado.
Adelante hacia la izquierda, si no puede ser, entonces hacia la derecha
Gran parte de las izquierdas críticas comparten este diagnóstico sobre la crisis
del euro (y también, como vimos, algunos de los más tradicionales
economistas). Ello no es nuevo. Está presente desde la formación del euro, y
fue por eso que rechazamos a su tiempo su estructura, como rechazamos la
artificial valorización del escudo en el momento de la integración “valor que vino
a destruir la economía portuguesa” así como la excesiva valorización posterior
del euro. Si, eso ya se sabía. En este cuadro, el BCE solo podía ser lo que vino
a ser: una agencia para la liberalización de los mercados financieros y la
protección de la banca, impidiendo las opciones necesarias para responder a
cada recesión. Y, en este cuadro, también la Comisión Europea sólo podía
llegar a ser lo que vino a ser: una agencia de los principales gobiernos, con el
poder legislativo que el Parlamento Europeo no tiene y que los parlamentos
nacionales están perdiendo.
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Fue por lo tanto con pleno conocimiento de estas realidades que las izquierdas
elaboraron sus respuestas. Nadie puede ahora argumentar que no sabía o que
no lo percibió. O que, con estos tratados, la UE podía ser lo que no fue. O que
las instituciones se regenerarían y salvarían las economías de la recesión. No
vale. No vale inventar ahora que la UE del directorio era otra cosa, que podía
haber sido social o hasta que podía haber sido económicamente competente.
Fue por eso que el Bloque de Izquierda se definió desde su fundación como
“europeísta de izquierda” y sostuvo en serio esa definición. Ella implica el
combate contra las instituciones y las políticas del gobierno europeo, porque
son factores de crisis y rechazan la democracia. Implica el rechazo del Tratado
de Lisboa, porque encierra Europa en el Directorio y en las reglas del BCE,
porque agravan cada recesión. Implica la exigencia de salida de la OTAN y el
rechazo de un militarismo europeo, porque es parte de una política imperial.
Implica la exigencia clara para la refundación de UE y eso tiene una
consecuencia, que es el combate sin concesiones contra su estructura y
política actual.
Ese combate, por lo tanto, no es nuevo. Ni es una novedad que él nos
diferencie de una izquierda nacionalista que ha tenido miedo de proclamar su
posición por la salida del euro y de la UE, en nombre de una alternativa
soberanista bastante mal explicada y de ruinosa viabilidad. Lo que hay de
nuevo, entre tanto, es que algunos de los sectores de izquierda,
tradicionalmente europeístas y a veces hasta poco críticos del gobierno
europeo, procuran ahora otras soluciones. Esa descolocación es en sí mismo
una buena señal, porque prueba que frente al impase actual hay quienes
buscan nuevas alternativas. Pero esas alternativas tienen que ser más fuertes
y más consistentes que las políticas que quieren sustituir.
Dos de esas propuestas son particularmente importantes y, por lo tanto, deben
ser discutidas con toda atención. Son las que defienden que Portugal se
empeñe en la creación de un Estado Europeo unificado y la que defiende que
Portugal debe abandonar el euro. Lo que uno de sus defensores llama,
elegantemente, salir de la crisis por “arriba” o por “abajo”.
Lo que puede sorprender a quien piensa que ya lo vio todo es que haya quien
defienda simultáneamente las dos propuestas. De hecho, la sobre posición de
estas dos propuestas radicalmente antagónicas es una bella prueba de que la
imaginación humana no tiene límites. Quien quiere la solución extrema de un
Estado Europeo que dirija las economías nacionales no puede querer también
la solución nacionalista extrema de la separación del euro (y de la aplicación de
políticas que significan la salida de la UE) –o por lo menos no se espera que
defienda las dos ideas simultáneamente. En efecto, las dos soluciones se
dirigen a objetivos contradictorios, sirven a sectores sociales y movilizan
fuerzas diferentes, concitan sistemas de alianzas distintos. La primera requiere
el privilegio de los sectores financieros más integrados al nivel europeo, la
segunda espera el liderazgo de los sectores exportadores de la burguesía
nacional. La primera solicita la anuencia el gobierno alemán y se dirige a las
convergencia con el sector federalista del PS (Antonio José Seguro), la
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segunda se limita a la alianza con el sector más conservador del PCP y ni
siquiera incluye al movimiento sindical.
Así, el ejercicio de polemizar con la idea de “un partido – dos políticas” es uno
de los más bizarros a que se puede aspirar. Cualquiera de las alternativas,
cualquiera de ellas implica un cambio de orientación para las izquierdas. Pero
lo que no consigo comprender es cómo se pueden defender ambas al mismo
tiempo, con el extraño argumento de que si una no resulta, queremos la otra. Si
para indicarnos un camino nos dijeran “si no va para la izquierda, va para la
derecha”, quedaremos probablemente sin orientación. Lo lamento, pero es el
caso: dos propuestas contradictorias es lo mismo que ninguna propuesta.
Puesto que la política no es un menú para contentar a toda la gente. La política
es una opción. Y debe ser tomada en serio. Debe ser clara. Debe movilizar
argumentos y convicciones. Debe promover acciones. Debe ser fuerte. Es
como todo en la vida, o se va para un lado o se va para otro. Como todos
sabemos, no conviene para ir para la izquierda y mirar hacia la derecha.
Es por eso que nunca se puede defender algo y su contrario. O imaginarse lo
que sería en la campaña electoral reciente el destino de un partido que
defendiese simultáneamente la salida del euro y el Estado Europeo unificado.
¿En el debate con Sócrates y Pasos Cohelo defendería la salida del euro y en
el debate con Jerónimo de Souza defendería el Estado Europeo? ¿O sería lo
contrario? ¿O defendería ambas alternativas con cualquiera de ellas? Y pediría
el voto de los electores ¿Para qué, si no hay claridad?
Si me permiten, esa es la vieja, experimentada y celebrada estrategia de
Estebes, todo a la salsa y fe en Dios. Es la política sin la política. Porque la
diferencia entre un analista serio y un político serio es que el primero juega con
varios escenarios en cuanto el segundo escoge una estrategia y se
compromete con ella. No es preciso argumentar que el Bloque de Izquierda
asuma la responsabilidad de su política.
La primera solución autoritaria contra el austeritarismo: el federalismo
Prefiero entonces discutir cada una de las propuestas por separado, por su
merito y no por su extraña amalgama. La pregunta que tiene que plantearse
por consiguiente es ésta: ¿la nueva propuesta ayuda a responder a la recesión
y a la austeridad, constituye una palanca de movilización y alternativa? Si es sí,
deberíamos adoptarla sin hesitación.
Véase entonces la primera propuesta, el federalismo. Según esta propuesta si
hay una crisis de la deuda, la solución estaría en la transformación de la Unión
Europea en un Estado unificado, con una autoridad fiscal única, con un
gobierno único y un presupuesto único. La salida “por arriba”. Hay una deuda,
pues que el Estado Europeo que se encargue de ella y que dirija nuestro
presupuesto a partir de ahora.
El federalismo es un concepto mañoso más, que en sí mismo dice todo: el
federalismo es una forma de organización del Estado, con regiones o
provincias (en los Estados Unidos o en Brasil se llaman Estados) con algún
margen de autonomía, pero sometidos a un poder político centralizado, que
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decide el presupuesto y la política económica y social, que tiene leyes
uniformes, un ejército y una representación externa. O sea, la federación es un
Estado unificado.
Es fácil entender porqué es que esta propuesta se disfraza con el argumento
suave de que sólo propone pequeños pasos, con hechos consumados, en un
camino que no anuncia su destino. El motivo es evidente: no existe en los
tiempos actuales ninguna posibilidad de acuerdo europeo para un Estado
europeo.
Y no existe, por dos razones. La primera es que los pequeños pasos crean
tensión máxima como es el caso de la actuación del directorio, ahora con un
eje franco-alemán que gravita en torno de Merkel. Fue con esos pequeños
pasos que llegamos hasta aquí, y no se ve bonito. La segunda, es que ninguna
de las burguesías -ni las opiniones públicas– de cualquiera de los grandes
países aceptaría la incógnita de un gobierno europeo. Falta para ello el
consentimiento social y la hegemonía ideológica.
Un gobierno europeo significaría que Inglaterra y Francia aceptaran ser
gobernadas desde Berlín. Imposible. O que Alemania podría aceptar un
gobierno liderado por un primer ministro polaco electo por una coalición con los
populistas italianos. Inaceptable. O que Portugal, la única nación ibérica que, a
lo largo de los siglos, se liberó del reino de Castilla, perdería ahora la vieja
apuesta histórica de la independencia. Difícil ¿no es así?
Evidentemente, la imposibilidad actual de creación de este Estado Europeo
podría no ser la razón para rechazarlo en el futuro o hasta para desearlo en el
presente. La izquierda podría defenderlo como un modelo, como una estrategia
o, como hoy se dice, como un diseño. Pero, por mi parte, sólo veo motivos para
rechazar categóricamente la amenaza de un Estado Europeo.
Comienzo por la razón más circunstancial. Imaginemos que no hubiese
ninguna resistencia, que el consenso fuese fuerte, que el federalismo haya
vencido y que el Estado Europeo era creado, y que su gobierno fuera electo,
todas hipótesis demasiado extravagantes. Sólo que, como se verificó en las
elecciones para el parlamento europeo, esa elección significaría una
estruendosa victoria de la derecha europea, incluyendo los sectores más
populistas y agresivos. En consecuencia, la capacidad de disputa de los
movimientos de trabajadores se reduciría mucho, en particular, en los países
donde crearan una relación de fuerzas que les haya permitido combatir por
alternativas. Para la izquierda este escenario sería suicida.
Aunque ignoremos esta objeción. Al final, si la propuesta fuese absolutamente
esencial el Estado europeo seria una conquista de la democracia y todos
viviríamos mejor con eso, a largo plazo. ¿Pero es esencial? ¿Europa se
beneficiaría de ese Estado? Mi respuesta convencida es que no: un Estado
Europeo democrático nunca será democrático. Esa es la objeción más
importante, porque tiene que ver con la naturaleza de la izquierda y con nuestro
compromiso de representación y de lucha por la emancipación de los
explotados.
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La Unión puede tener procedimientos democráticos o autoritarios, y eso hace
una diferencia malvada. Nosotros hemos propuesto siempre los procedimientos
democráticos, y rechazado los autoritarios: el sistema actual del directorio ya es
una de las peores características del federalismo. Ahora bien, el Bloque
defendió siempre los referenda sobre cada Tratado (ya entonces, nos
comprometimos con el “No” al Tratado de Maastricht, después al de Niza,
después al de Lisboa, y por fuertes razones). Denunciamos los poderes
europeos y los gobiernos que conspiraban para maquillar el Tratado
Constitucional como un Tratado común, y para imponerse en el referéndum al
que se habían comprometido solemnemente. Presentamos una moción de
censura contra Sócrates por esa causa, de modo, que quede para el archivo.
Formulamos muy en serio la lucha por los procedimientos democráticos.
Sabemos que hace toda la diferencia tener gobiernos que legislan a partir del
Consejo de Europa y de su Comisión a tener el control parlamentario con
votos. Hay mucha diferencia tener la posibilidad de que los europeos decidan
mantener un poder encerrado en los gobernantes del directorio.
Detengámonos un momento para pensar lo que ha sido nuestra lucha por los
procedimientos democráticos. Cuando proponemos un referéndum en Portugal
y queremos que en ese referéndum gane el “No” con el Tratado del directorio,
estamos ciertamente defendiendo una solución para Europa. Somos en eso
completamente europeos. Pero lo hacemos donde podemos, donde nos
reconocemos, en Portugal. No proponemos un referéndum simultáneo en toda
Europa que decidiese sobre el Tratado, en que el voto del alemán, del polaco,
valga como el de un portugués, ¡pues no! No. El pueblo que reconocemos para
decidir sobre la aceptación de un Tratado por Portugal es el electorado
portugués. Es con él que hablamos. Y es su decisión la que aceptamos como
legítima, incluso que la hallemos errada y de que combatamos sus
consecuencias.
La razón para esa definición de legitimidad electoral es de importancia
trascendente para la izquierda. Y es simple. Es que la democracia
parlamentaria fue creada históricamente en el Estado-nación, basada en la
aceptación social de una representación legitimada: cada uno tiene el derecho
del voto, hay pluralismo, y aceptamos que el partido más votado representa el
Estado y gobierna. Este régimen es frágil, es manipulable, tiene un enorme
peso de la ideología dominante y de las fábricas de consenso, no es una
democracia de participación y de acción para el pueblo, pero es la parte de la
democracia que resulta de las luchas sociales por el sufragio universal y contra
la dictadura, y de ella no abdicamos. Ella es un punto de partida para las
luchas, porque es verificable y disputable por la fuerza que crea la lucha
popular. Es por eso que la democracia representativa en el país es un espacio
de confrontación para todos, sin embargo en contrapartida la democracia
europea no existe –existen procedimientos democráticos o autoritarios en
Europa- pero no existe democracia europea como espacio común de
reconocimiento y de legitimidad unificada.
El federalismo democrático no es por eso democrático, porque excluye a los
Estados-nación, que es dónde existe la democracia representativa realmente
existente. Todavía no hay ni hubo alguna otra forma de democracia
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internacional, que tenga como base de sustentación la legitimación mediante
un pueblo global. Hace falta, pero no existe.
Ha escrito Rui Tavares que si, Merkel gobierna, podríamos al menos poder
votar en las elecciones que a ella la eligen. Y así al nivel europeo: si nos
mandan, queremos votar, sí o perita en dulce. Pero el problema es que ese
voto no tiene sentido. No nos comunicamos con un alemán, dueño de una
cervecería en Munich, como con una desempleada en Figueiro dos Vinhos. No
hablamos de la misma historia, de la misma cultura, no compartimos disputas y
diferencias: no podemos decidir en conjunto un gobierno que nos obligue a
todos, porque como diría Linecker, en ese juego hay dos equipos y al final gana
siempre Alemania. Y lo peor es que cuando elegimos el gobierno del Estado
europeo, sólo nos deja un capataz instalado en el palacio de S. Bento, a quien
podremos entregar petitorios. Pero con él no discutiremos la Ley, los
presupuestos, los impuestos, la defensa, la política externa, los servicios
públicos. Esa democracia no sería democracia.
Pueden decirnos que, al final de cuentas, Merkel y Passos Coelho piensan y
proponen lo mismo para la sociedad. Sí, pero la diferencia entre tener un
gobierno alemán para la Unión y tener un gobierno portugués dentro de la UE,
incluso subordinado y sombrío, es que podemos disputar con el segundo e
influir la política que lo determina. En esa disputa estamos nosotros, el pueblo.
Pero fundamentalmente, no existe un pueblo europeo único que se reconozca,
existen pueblos europeos. Ser portugués y ser europeo son dos identidades y
no una. Y es así porque todavía es en los cuadros nacionales donde se forma
lo esencial de los procesos de acumulación y sobretodo la determinación de las
condiciones salariales o sea, el reparto de la ganancia, la explotación y la lucha
contra ella, que no renunciamos a luchar donde tenemos poder.
Y fue eso mismo lo que nosotros sabemos con respecto a Europa. En efecto,
debía ser un lugar de políticas comunes, incluso con partición negociada de
soberanías, aunque teniendo siempre una convergencia de Estados-nación.
Toda la política europeísta de izquierda se basa en esta fuerte convicción.
Europa tiene que ser la combinación de políticas europeas y de márgenes de
acción de los Estados nacionales. Queremos reforzar unas y otras, delimitando
lo que la UE tiene que hacer: mejor presupuesto común hacia medidas para el
pleno empleo y también más capacidad de opción de cada país en su gestión
financiera, fiscal, presupuestaria y social. Todos buenos motivos para rechazar
el Estado Europeo.
Finalmente, hay además otras dos razones para rechazar el truco federalista.
La primera es que cualquier deriva para el Estado Europeo será siempre
autoritaria y multiplica los nacionalismos. Dispensemos de esa pesadilla,
porque sabemos cómo comienza pero no sabemos dónde termina. Ya muchos
países de Europa tienen derechas nacionalistas radicales con el 20 por ciento.
El federalismo es su alimento. Rechazar el nacionalismo y cortarle el espacio
de desarrollo implica, como siempre, que la izquierda quiere disputar la
hegemonía de la nación, quiere construir una mayoría para dirigir la nación.
Esa lucha por la hegemonía es la razón de ser de la izquierda y desgraciada la
izquierda que renuncia o que, por lo contrario, se vuelve ella misma
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nacionalista; terminará como el PC griego votando sistemáticamente con Le
Pen en el parlamento europeo. Puede tener votos como los tiene el PC griego,
pero el nacionalismo nunca será la izquierda para la lucha necesaria. La utopía
reaccionaria del Estado Europeo crea sus propios anticuerpos y destruye la
izquierda en cada país.
La última razón es la coherencia con nosotros mismos. Dejé esa ración para el
final, porque es únicamente nuestra propia cultura la que está en cuestión. Sin
embargo es un valor importante. Fue deliberadamente que escribimos en el
“Contrato por Europa”, que es uno de nuestros tres textos fundacionales del
Bloque de Izquierda, que defendemos “una nueva perspectiva de la izquierda
para Europa, contra el federalismo” y que el “principal adversario de nuestra
alternativa de proyecto es el federalismo” que “transforma Europa en una feria
de capitales”. En ese momento, llamábamos también la atención sobre el
significado imperialista de la idea del Estado Europeo; con él llega un ejército y
un aparato represivo unificado. Convengamos que sin ese ejército y sin ese
aparato represivo no hay Estado. Buenas razones para defender la democracia
contra el Estado Europeo.
Admito que exista quien haya acordado con esta posición durante diez años y
que ahora esté arrepentido. O que piense estar convencido de que,
pensándolo, la crisis de Portugal es tan grave que más vale esta solución que
continuar todo como está. Y no puede continuar como está. Sin embargo,
pregunto: si es el inmediatismo de la desesperación que lleva a aceptar el
riesgo de una Europa como siempre la hemos rechazado, ¿para qué entonces
defender una alternativa que no tiene ninguna viabilidad?
La segunda solución autoritaria con el austeritarismo: salir del Euro y de
la Unión Europea
Dicho todo lo anterior, mi conclusión es ésta: la idea federal del Estado
Europeo unificado no va a tener ningún papel en la política portuguesa o en la
política europea en los años que vivimos. Habrá medidas para reforzar el
Consejo, la Comisión, el BCE, creándose fondos comunes y reglas rígidas,
vigilar los presupuestos y las políticas, nada que no conozcamos con la tutela
de los acreedores hoy en día. Habrá medidas federalistas, los tales pequeños
pasos con avances y retrocesos, pero no habrá un salto inmenso para un
Estado Europeo.
Ni la parte de la socialdemocracia que la defiende –y que son algunos partidos
cuando están en la oposición, ni todos, ni siempre– tendrá un protagonismo
suficiente para poner en la agenda esa solución. Ni ella ganará credibilidad en
otros sectores de la izquierda. Pura y simplemente, ella no existe en el campo
de las decisiones.
La segunda solución, como contrapartida, tendrá un peso creciente en el
debate político. La propuesta de salida del euro será persistente, es con ella
que os vamos a enfrentar. Ella será defendida por dos tipos de corrientes: los
economistas que rechazan el corsé del euro y no encuentran otra solución y las
izquierdas que prefieren el nacionalismo al arrastre de la crisis europea. Son
dos sectores diferentes, con ideas diferentes y propuestas diferentes, y sólo por
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diletantismo es que los segundos se refugian en los argumentos de los
primeros.
Entre los economistas que defienden la salida del euro están algunos de sus
críticos de siempre, como Joâo Ferreira do Amaral, en Portugal, o más
prudentemente, Paul Krugman y Nouriel Rubini, en los Estados Unidos. Para
estos economistas ya no es una cuestión de opción, comienza a ser inevitable.
Según ellos, la espiral recesiva de las medidas de ajuste presupuestario
tornará imposible la gobernabilidad, con aumentos de impuestos que ya no
crean más ingresos, con parálisis de la economía y con el agotamiento de las
políticas. Por eso argumentan que sólo queda la salida del euro como forma de
desvalorizar una nueva moneda y esperar que la economía se reequilibre por la
vía del aumento de las exportaciones y la disminución de los salarios. Hay que
señalar que ninguno de ellos defiende el rechazo de la deuda, antes esperan
ganar algún tiempo para pagar la deuda de otra forma, con los saldos
comerciales. Y todos aceptan que los trabajadores deben pagar el ajuste con la
reducción de los salarios. Hay en esto buenos y malos argumentos, como
escribí antes con respecto del euro como factor de la crisis, pero también
soluciones irreales y que no se preocupan por la política que las aplique.
Sobretodo, es una respuesta indiferente a la economía que afecta a las
personas y que propone una austeridad salarial permanente.
Además de eso, esperar que la UE financie la salida del euro o que los
mercados financieros mantengan una actitud de neutralidad frente a la nueva
moneda es conmovedoramente ingenuo, todo va de apuesta: un gobierno de
derecha que hace esta operación con la intención de provocar una reducción
fuerte y permanente de los ingresos de los trabajadores podría obtener algún
apoyo de las finanzas internacionales, pero es dudoso que éste se mantuviese
ante las drásticas medidas que, en este contexto, se tornan necesarias.
Vamos entonces a ver cómo se aplicaría la salida del euro y convocar ahora a
los sectores de izquierda que, al contrario de los economistas citados
anteriormente, están obligados a defender la propuesta a partir de un punto de
vista que considere la vida de los trabajadores.
Comencemos por el principio, por la decisión de crear una nueva moneda,
vamos a llamarla el Escudo. El gobierno enfrentado a las dificultades
económicas decide salir del euro y pasar a usar el escudo como moneda
nacional (o lo que es lo mismo a los efectos económicos y sociales, es
expulsado del euro). Manda entonces a imprimir en secreto los billetes y se
prepara para anunciar la gran novedad: en un viernes la noche, a la hora del
noticiero de la TV, cuando los bancos ya están cerrados. En ese fin de semana
todos los bancos hacen horas extraordinarias para distribuir los billetes por
todos los cajeros, para que la nueva moneda pueda estar en circulación el
lunes.
El problema es que esta operación
transportan y distribuyen los billetes y
de cualquier modo, toda la gente
declaraciones de los ministros para
envuelve a millares de personas, que
ellos les van a contar a sus familias. Y,
asistió en las semanas anteriores a
explicar que esto va muy mal y que
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necesitamos decisiones muy valientes para salvar a la patria en peligro. En
resumen, toda la gente percibió lo que va a ocurrir.
¿Qué harán entonces las personas? No es preciso ser adivino: van a correr a
los bancos para cerrar todas sus cuentas y guardar los billetes de euros. Si no
lo hicieren, todas sus cuentas y ahorros serán transformadas en escudos, a un
valor nominal que bajará con fuerte desvalorización que, al final, es el objetivo
de esta operación. O sea, los ahorros van a ser tan desvalorizados como la
moneda en la que pasarán a estar registrados.
Ahora bien, los bancos no quieren pagar a los clientes todos sus saldos y
ahorros, porque está corrida los arruina. No quieren y no pueden, pues
simplemente no tienen dinero para eso, ni hay billetes suficientes para cubrir
toda la masa monetaria líquida que existe en Portugal y que los bancos aplican
a los depósitos y no guardan ese dinero. Los bancos en consecuencia van a
cerrar las puertas cuando la alarma se generalice y el gobierno va a llamar al
ejército para cuidar los edificios. Fue así en la Argentina, fue así en todos los
casos en que se anunciaron desvalorizaciones brutales (y no se trataba de salir
de una moneda y crear otra, lo que nunca ocurrió en la historia de la Unión
Europea), y no puede dejar que sea así.
La izquierda que defendió la salida del euro comienza, entonces, a tener la
primera dificultad. Es que va a defender el ejército y los bancos contra la
población. Y va a tener que hacer una primera víctima, los depositantes en los
bancos. Cuentas claras: si la desvalorización fue del 50 por ciento (Ferreira do
Amaral calcula en 40 por ciento, otros en bastante más), entonces los ahorros y
depósitos de los trabajadores perderían la mitad de su valor.
Pasó así el primer shock. Pero vienen más y peores. El escudo devaluado
entonces al 50 por ciento en relación al euro. El gobierno y la izquierda
nacionalista esperan que el efecto benéfico sea el siguiente: las exportaciones
se vuelven más baratas (porque los salarios y los insumos productivos quedan
más baratos) y aumentan; mientras que las importaciones se vuelven más
caras y por consiguiente disminuyen. Así, habrá una transferencia de capital
hacia las industrias y servicios de exportación, y una reducción del consumo y
de las importaciones, todo para mejorar sustancialmente la balanza de pagos.
La regla es ésta: si la vida mejora para Amorim, el dueño de la mayor
transnacional industrial portuguesa, también mejorará para toda la economía.
Parece conveniente, pero tiene un problema. Es que, con la devaluación, el
precio de los productos importados aumenta el mismo día. El combustible pasó
a costar una vez y media más que su precio anterior (y todo el sistema de
transportes también) y lo mismo ocurrió con los alimentos importados. Como
dos tercios de los ingresos de los portugueses van a parar al consumo,
imagínense el efecto inmediato de estos dos aumentos de precios. Ya por ese
efecto, el salario pasó a valer mucho menos.
En cuando a las exportaciones, sí, van a aumentar, siempre que los
compradores del extranjero quieran comprar más en función de la reducción
del precio (y cuando no haya recesión en el extranjero y que los productos
portugueses correspondan a mercados con demanda creciente, y que esas dos
características acompañen las exigencias de los consumidores extranjeros,
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etc.). Aumentan, pero lentamente: los ingresos por exportaciones sólo entran
cuando se concretan las ventas y es necesario esperar el tiempo de la
producción y hasta el aumento de la capacidad productiva. Luego, una parte de
lo que exportamos, más de la mitad, es importada y esos productos se
encarecen. Por eso, los ingresos de las exportaciones aumentan poco,
lentamente y más tarde.
Llega después el segundo shock. La mitad de las familias portuguesas tiene
una gran deuda con los bancos, que prestó el dinero para comprar la casa.
Prestó en euros. Y de las dos, una: o, en el día de salida del euro el gobierno
acepta lo que quieren los bancos, que es que esta deuda se considere a su
valor real, que es la del escudo devaluado, o decreta, para proteger a
deudores, que la deuda se transforma en escudos al valor anterior a la
devaluación. La diferencia es crucial tanto para los prestatarios como para la
banca.
En el primer caso, los prestatarios multiplican su deuda. Imaginemos que había
50 mil euros de deuda, convertidos al escudo devaluado son unos 15 millones
de escudos. Si tu salario era de 1000 euros (que pasa a ser 200 mil escudos…
que valen sólo 500 euros) y que la mitad lo usabas para pagar al banco,
necesitabas 100 meses enteros con la soga al cuello para saldar la deuda.
Ahora, tendrás 150 meses con las mismas dificultades, dando la mitad de tu
sueldo al Banco. Perdiste cinco años de vida.
En el segundo caso, en el que el Gobierno protege a los deudores, el que tenía
una deuda de 50 mil euros tendrán una deuda de 10 millones de escudos por
valor de 25 mil euros. El banco perdió la mitad. El problema es que el banco
quiebra, porque creó un enorme agujero en su balance. Por eso los partidarios
de la salida de euro explican, honestamente, que se necesita nacionalizar
entonces todos los bancos, no tanto para socializar el capital financiero, sino
apenas para salvarlo. Y salvar un banco cuesta mucho, como ya sabemos con
el caso del BPN. Porque un banco se nacionaliza con sus deudas, que son las
deudas con quienes han depositado y a quienes prestó dinero, generalmente a
la banca extranjera. Sin embargo, esta deuda es en euros, pero el banco,
quebrado y nacionalizado, recibirá sus ingresos y depósitos en escudos
devaluados para continuar haciendo los pagos en euros. Su deuda exterior
aumentó un 50 por ciento, de un día para otro. Salvar los bancos tiene un costo
y no es pequeño: es preciso pagar.
Aquí tenemos al nacionalista de izquierda para defender el banco y pedir
aumento de los impuestos para financiar a la banca internacional. El trabajador,
cuya deuda fue protegida, tiene que pagar por otra vía, que son los nuevos
impuestos. Por supuesto, los portavoces de esta izquierda nacionalista me
pueden decir que el gobierno debe declarar simplemente que no va a pagar las
deudas internacionales de los bancos que nacionalizó, pero, me disculpan ¿de
qué gobierno concreto me están hablando? ¿No será el de Portugal 2011?
¿Están a la espera de pedir la nacionalización, si la devaluación causó el
colapso de los bancos y después de presentar como una solución la ruptura
con los acreedores externos y esperar, al mismo tiempo, tener un mercado
abierto para las exportaciones que salvarán la economía? ¿En resumen, la
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socialización del capital y, al mismo tiempo, la alianza con los proyectos
exportadores de Amorim que sean bien recibidos en todo el mundo?
He aquí un paréntesis para aclarar mi opinión en una cuestión ideológica: estoy
seguro de que la nacionalización del sistema financiero es una necesidad
estratégica para la política socialista, porque el sistema de crédito debe ser un
bien público. Y también estoy seguro de que un gobierno de izquierdas tendrá
que enfrentar la resistencia del capital financiero, que es su principal oponente
y por lo tanto puede ser obligado a un imperativo realista incluso inconveniente
de nacionalización en malas condiciones. Pero creo que debe hacer todo lo
posible para tener las mejores condiciones, en particular en el plano
internacional. El aislamiento internacional es una cuestión de vida o muerte
para un gobierno socialista.
En cualquier caso, para ganar es necesario tener la fuerza necesaria, y para
que sea posible un sistema de crédito público que funcione se necesita un
tiempo adecuado para una política triunfante contra los especuladores. Sin
embargo, entendámonos bien, ninguno de los actuales debates sobre la salida
del euro es acerca de un hipotético gobierno de izquierdas y este tipo de
situación. Por lo tanto, lo que importa ahora son las relaciones de fuerza
concretas, las que ya existen y que podemos crear en el contexto de una
respuesta social mucho más fuerte contra la dictadura de la deuda. Esto es lo
que podemos hacer y lo que vamos hacer, no una novela de ficción política. Fin
de paréntesis.
Volvamos ahora a los problemas que está viviendo nuestra izquierda
nacionalista en apoyo del gobierno que decidió la salida del euro. Ya tiene en
contra el tener que pagar impuestos más altos o vieron multiplicar sus deudas y
pagar más por los alimentos y por el transporte o han perdido parte de sus
ahorros. Con todo esto, los trabajadores pronto percibirán que perdieron parte
de su salario (o las pensiones), y que el esfuerzo fiscal no ha disminuido (por el
contrario, empeoró, debido a que la deuda se pagará en euros mientras el
estado recibe en escudos), y la salud y educación tienen nuevos recortes. Por
todo ello, el trabajador luchará por recuperar su salario.
Sin embargo, esto puede echar todo a perder, dirá el gobierno. Las
exportaciones son más baratas porque el escudo vale menos, el producto más
barato, y porque las empresas pagan salarios en escudos. Si aumentan los
salarios, la competitividad nuevamente se ve perjudicada. ¿Qué va hacer
nuestra izquierda nacionalista frente a la justa protesta de los trabajadores?
La respuesta es simple: no hay problema, sostiene uno de los heraldos de la
izquierda nacionalista, sólo un milagro. Se reúne el diálogo social y
convencemos a los empresarios para que aumenten los salarios, compensando
así a trabajadores por lo que han perdido con la devaluación. Imagínese esta
reunión de la concertación: el país alborotado, disturbios en la puerta de los
bancos, los impuestos y los precios subiendo, de nuevo la inflación, los salarios
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cayendo y los patrones ofrecen sacrificar sus ganancias a favor del trabajo. La
hipótesis es tan interesante que dispensa de argumentación.
En otras palabras, la izquierda nacionalista que defiende la salida euro se metió
en una trampa monumental. Quería impedir la continuación de la austeridad y
tenía toda la razón, pero propone un sistema de más austeridad del todo
orientada en beneficio de un sector social, la burguesía exportadora y
aceptando la caída en los salarios con la devaluación del escudo. No resuelve
ningún problema y crear nuevas dificultades. Y perdió la capacidad de una
orientación socialista, porque no puede ser tomada en serio por los
trabajadores que va a perjudicar.
La política socialista tiene un criterio que es la defensa de la clase trabajadora.
Esta política es la que defiende el salario y se bate por él, y no la que sacrifica
el salario y favorece la explotación. La solución autoritaria es la salida del euro,
es la propuesta de más austeridad.
Europeísmo de izquierda es la referencia de la política socialista
Rechazo por eso esas dos propuestas, el federalismo de Estado europeo y el
nacionalismo de la salida del euro. Ambos intentan responder al agravamiento
vertiginoso de la crisis pero conducen a políticas autoritarias y de austeridad
que agravan la crisis. Sin embargo, porque la crisis se precipita más aún, esto
no libera el análisis y la corrección de nuestra política.
Sugiero que nuestra reflexión sobre la respuesta necesaria comience por el
principio, por la naturaleza de la crisis que enfrentamos.
Después de treinta años de crecimiento mediocre
La Segunda Guerra Mundial fue una culminación del siglo XX. Generando
horribles masacres, desde Auschwitz a Hiroshima. Pero desde el punto de vista
de la economía, fue también un proceso de destrucción radical de las fuerzas
productivas, trabajadores y capital. Y fue la destrucción que abrió las puertas a
la reconfiguración del capitalismo moderno, una nueva organización de los
poderes, la estructuración de un nuevo orden monetario basado en el dólar y,
en los países más desarrollados, la promoción del consumo masivo basado en
la generalización de la producción en serie. Fue sólo con esta gigantesca
destrucción y con la posterior reorganización que le siguió que puso fin a la
gran crisis de 1929.
Vale la pena, luego, registrar un dato sobre esta crisis: la recuperación de la
economía ya entonces dominante por los Estados Unidos, tardó 25 años – sólo
en 1954 es que las Bolsas regresaron a los niveles anteriores al crack. Fue
necesario una guerra y la definición de un nuevo mundo para que tal
recuperación fuere posible. La clave de recuperación fue precisamente esa
destrucción de las fuerzas productivas y la configuración de un nuevo mundo
para la acumulación de capital.
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Así fue posible crear nuevos sectores industriales de rápido crecimiento,
nuevos mercados financieros, nuevas transnacionales. Así ya ocurrió en el
pasado: el capitalismo industrial moderno se desarrolló por ondas largas, unas
de crecimiento y otras de crisis, que duran décadas y que definen los latidos
del corazón del proceso de acumulación. En los períodos largos de crecimiento
(como 1945-1974), las crisis son raras, breves y superficiales, en periodos
largos de crisis son frecuentes, intensas y duraderas (1974 hasta hoy).
En cada una de estas épocas el capitalismo adapta su estructura. El impulso
que la electrificación significó para la industria y el papel de motor de la
siderurgia, desde finales del siglo XIX, un nuevo impulso de motorización tuvo
lugar con los productos derivados del petróleo, químicos y petroquímicos en el
período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Este nuevo modelo de
producción se constituyó en el marco de nuevas relaciones sociales, de un
nuevo contrato entre trabajo y capital, con reglas que hacían del salario de los
trabajadores una parte importante del consumo dirigido a las empresas. Las
constelaciones de las nuevas tecnologías de producción en masa
correspondían a un acuerdo institucional con el contrato de trabajo y un salario
indirecto importante, garantizando el acceso a la seguridad social y salud. Fue
por el crecimiento de la demanda que se crearon mercados de masas en que
creció la economía capitalista durante los Treinta Gloriosos años de la
posguerra.
Este sistema funcionó sin mayores dificultades durante esas tres décadas. Más
tarde, se agotó y su final marcado por la segunda recesión generalizada del
siglo, 1973-1974. Desde allí, se perdió esta sencilla combinación entre el modo
de funcionamiento de la producción y sus instituciones sociales, el impulso
tecnológico se agotó, la tasa de ganancia se ha reducido sistemáticamente y la
acumulación y la inversión fueron por lo tanto cuestionadas. Siguieron algunos
decenios de crecimiento mediocre, con intensas y frecuentes recesiones (1973-
4, 1981, 1993, 2003, 2008-9). La rentabilidad del capital se recuperó muy
lentamente, aunque la acumulación se mantuvo en niveles excepcionalmente
bajos.
Esta es la situación actual. La creación de enormes mercados financieros es la
característica de esta nueva era del capitalismo –que se ha llamado
“capitalismo tardío”- y en que el capital disponible se coloca en la especulación,
en lugar de la inversión, generando un siempre creciente “capital ficticio” como
le llamaba Marx, y que busca rentabilidades garantizadas. Esto es lo que
explica todo lo que hemos conocido, desde el intento de privatizar la seguridad
social hasta las asociaciones público-privadas.
Para impulsar el crecimiento, la burguesía pretende crear una nueva economía
con un nuevo sistema social: la precarización de la relación laboral, es decir, el
fin del contrato, para adecuar el uso pleno de los nuevos sistemas de
tecnologías de producción sofisticada con mano de obra barata, el aumento de
plusvalía absoluta (más tiempo de trabajo y menos salario) y la reducción del
salario indirecto (costo de los servicios públicos esenciales). Pero este nuevo
régimen requiere una derrota fundamental del movimiento popular que, aunque
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muy desgastado por un desempleo estructural prolongadísimo, todavía tiene
capacidad de lucha.
Es en esto que nos apoyamos, es nuestra política realista. Todo está en juego.
Bien se que, como dice Warren Buffet, el segundo hombre más rico del
planeta, “hay una lucha de clases, y es nuestra clase la que está ganando”.
Pero la nueva sociedad todavía está por ser definida y realmente y lo que es
más sorprendente del punto de vista histórico, no es tanto su avance sino la
dificultad extraordinaria que ha tenido en imponerse. El 1 por ciento no ha
podido aplastar al 99 por ciento, porque éstos cuando la convocan tienen la
fuerza de la democracia.
Como el 1 por ciento tienen más poder, es contra ellos que debe dirigir el
combate: la política de la derecha y de la burguesía es devaluar los salarios, la
de los trabajadores es devaluar el capital y defender el salario. Nuestro
enfrentamiento es con las finanzas que son los dueños de la deuda. Es cierto
que es un combate de época. Y es por eso que no necesitamos ideas que
dividan el frente de lucha popular y creen confusión. Necesitamos claridad y
movilización. Necesitamos ahora y no mañana, una gran alianza en la lucha
por salario, la izquierda grande.
Europeismo de izquierda y la lucha contra la dictadura de la deuda
En este cuadro, ¿qué es lo que podemos hacer? No podemos o no debemos,
en mi opinión, alimentar el sueño reaccionario de un Estado europeo – antes
tenemos que combatirlo - y no podemos o no debemos alentar ilusiones
nacionalistas de un reordenamiento imaginario de alianzas con el capital
nacional para conducir al país a una solución de autárquica que tenemos que
rechazar. Por el contrario, tenemos que proponer soluciones europeas, que
renuncien a lo que es esencial: una alianza europea de las izquierdas sociales
y políticas para luchar contra la austeridad.
Comienzo por eso por lo más difícil, que es Europa. Sé que desde el declive de
los foros sociales europeos no se ha podido rehacer un dispositivo mínimo de
respuesta. El partido de la izquierda Europeo es muy limitado, como otras
redes en las que participamos; nunca han sido capaces de lograr nuestra
propuesta para un importante Congreso de movimientos políticos y sociales
europeos; y los partidos de izquierda de Europa del Norte temen los efectos
electorales de defender al pueblo griego contra el estrangulamiento de la deuda
y no quieren oír hablar de una huelga europea.
Debemos, por lo tanto, explorar con nuestros aliados, la idea de recuperar el
Foro Social – o de abrir las puertas a una nueva forma de red global – quizás el
encuentro en España, con los movimientos de Indignados para poner en
marcha una agenda Europea de lucha contra la austeridad. Y, con ellos,
mantener los objetivos esenciales que definen el europeísmo de izquierda que
hemos venido defendiendo:
•
La obligación del BCE de comprar deuda soberana de cada Estado,
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•
•
•
•
•
El lanzamiento de obligaciones europeas mutualizando parte de la
deuda,
La desvalorización del euro para aliviar a las economías,
La tributación del capital y el fin de los mercados offshore,
El refuerzo del presupuesto europeo destinado a un plan de creación de
empleo,
La reestructuración inmediata de la deuda de Grecia, en perjuicio de los
bancos acreedores.
No será fácil crear movimiento con estos objetivos de política. Pero hoy, las
posibilidades son mayores que hace un mes. Son estas posibilidades las que
nos preocupan y creo que deberíamos tomar muy en serio, dedicando
esfuerzos para concretar esta orientación. No tengo ninguna duda de que
podemos y debemos hacer más en esa dirección.
Pero lo que decimos sobre Europa, para ser realista y como indiqué
anteriormente, es propuesta, es una invitación y aproximación a otras
izquierdas, pero no es ciertamente donde tenemos la mayor capacidad de
confrontación política. Donde tenemos más fuerza es donde no depende de
nosotros. Si es posible tener un Foro Europeo de algún tipo, que una a los
movimientos y construya una agenda política para avanzar a un nuevo nivel, es
lo que queremos. En cualquier caso, esta perspectiva no interfiere con nuestro
paso a paso de disputa con el Gobierno y el plan de la troika, la dictadura de la
deuda. Y es en ella donde debemos acertar posiciones.
En primer lugar, rechazamos la idea de que hay no hay alternativas al plan de
la troika. Y debemos tomar la contraofensiva en este campo. Ya es posible
hacerlo porque el vértigo del cambio en la percepción popular es estimulado
por esta violencia presupuestaria que recorta los bonos de vacaciones de
Navidad. Después del 15 de octubre y de la convocatoria de la huelga general
de UGT de la CGTP, la situación comienza a cambiar. Requiere por eso mismo
mayor ofensiva, sacudir el letargo social, ganar la iniciativa. Por lo tanto, debe
ser nuestro argumento:
• Portugal debe rechazar el plan de la troika, porque significa
empobrecimiento y desempleo para poder tener más deuda. El fin de la
tutela de la troika es la condición para que la democracia pueda decidir.
Toda la política depende de aceptar o rechazar la troika. Es lo que
define todo el escenario de nuestros diálogos, convocatorias y alianzas.
• La alternativa inmediata es recuperar la capacidad de crear moneda, y el
Estado puede hacerlo a través del banco público de capitalización de la
CGD y el efecto multiplicador puede tener una inyección de liquidez en
las inversiones para el empleo, la creación de nuevas industrias,
exportaciones y sobretodo sustitución de importaciones.
Esta liquidez no debe utilizarse en crédito al consumo o para la vivienda,
porque crearía más deuda y debe ser administrada por un banco de CGD para
el fomento industrial. Este es el cuello de botella de inmediato de la economía
portuguesa y es así como puede superarse la crisis con la creación de empleo.
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Una palabra más acerca de la creación de la moneda. Se trata de una
alternativa concreta a la salida del euro y a la devaluación del escudo, y tiene la
gran ventaja de no alcanzar los salarios y los ingresos del trabajo, permitiendo,
al contrario, el aumentó la actividad económica con los costos de crédito más
baratos, orientados a la producción y por lo tanto con mayor oportunidad de
equilibrar la balanza externa.
•
•
Debemos presentar un plan para el empleo, indicando los sectores en
los que es posible desarrollar la economía: creación de empleos en
nuevos sectores estratégicos, la inversión pública, reducir en media hora
la jornada de trabajo, prohibir los despidos en empresas con resultados,
etc.
Defendemos, como siempre, una revolución fiscal basada en la
tributación del capital y en valores altos de patrimonio. Pero podemos y
debemos llevarla más lejos.
En segundo lugar y porque la presentación de alternativas debe conducir a la
confrontación social, es en la lucha contra la deuda que debemos
concentrarnos. Por lo tanto, propongo la siguiente orientación:
•
•
la idea de renegociación de la deuda debe tener una forma más
concreta: reestructuración. Es decir, la anulación de una parte de
la deuda. La propuesta, que tiene razón y fuerza acumulada, es
cada vez más apoyada por diferentes economistas e incluso por
políticos de otras opiniones. Pero ya está en segundo plano,
porque respeta más al argumento que al movimiento.
En el movimiento social y en la disputa directa, la centralidad está
en auditar la deuda. Y es evidente: la auditoría asegura rechazar
toda deuda abusiva. Sirve para negarse a pagar la deuda
abusiva. Esto es el “no pagamos” que tiene coherencia. Atacar los
acreedores donde son más débiles, porque son culpables.
Ejemplos:
- En las últimas emisiones de deuda, han cobrado interés
por encima de los costos reales, en función de tasas
punitivas y especulativas. Rechazamos esta deuda, que
será algunos miles de millones de euros, y no pagamos.
- Las contrapartes de material militar fueron canceladas por
el acreedor, que es el estado portugués. Son cerca de 3
millones que se perdieron sin caso judicial.
- Una deuda de 78 mil millones pagó 30 mil millones de
intereses. Casi 20 mil millones son de interés abusivo. Etc.
Un nuevo paréntesis aquí: la propuesta de “suspensión” del pago de la deuda
es una solución vergonzante, que tenemos que rechazar. Por cierto, es un
disfraz de una propuesta que no tiene la valentía de enunciar: como explicó la
FER recientemente en una reunión interna del Bloque, es una forma pusilánime
de decir “salir del euro”, pero sin decirlo. Por otro lado, la “suspensión” es una
imitación mal concebida de alternativas de América Latina: la Argentina
suspendió el pago de la deuda y lo hizo muy bien, porque pagaba una deuda
excesiva a acreedores que ya no le prestaban hacía más de un año. Pero este
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no es el caso del portugués. En realidad, el Estado portugués no está ahora
pagando la deuda: es el plan de la troika que paga toda la deuda y sólo en
unos años. Portugal comienza a pagar esta deuda reciclada. Por lo tanto, la
“suspensión” no suspende nada y tiene miedo de decir lo que se necesita, que
hay una deuda que no debe ser pagada. La “suspensión” es una respuesta de
derecha que debemos rechazar. Fin de paréntesis.
-
Tenemos que activar el debate sobre la deuda. Y hablar
también de otra deuda. Es lo más difícil, pero es lo más
importante, porque apunta al objetivo que importa: el
capital financiero. Hablamos por eso de la deuda que
importa: lo que ellos nos deben, lo que el capital debe a los
contribuyentes, a los trabajadores, al pueblo.
-Los que se beneficiaron con las privatizaciones abusivas de los monopolios
naturales y bienes públicos,
-Los que transfiere a las offshore sin pagar impuestos (6’6 millones de euros
por día este año),
-Los dividendos y ganancias que se pagan cuando ellos fueron financiados por
el Estado,
-Los impuestos a pagar, particularmente de la banca,
-Lo que gastaron en submarinos y otros egresos injustificados,
-Los que quieren recibir de las asociaciones público-privadas, la tajada de la
deuda oculta del Estado.
Esta deuda no puede salir de nuestro discurso, es el centro de la lucha contra
la dictadura de la deuda.
Esta orientación tiene una idea nuclear: sí, se llama a la resistencia. Pero si la
única alternativa a la resistencia que quiere crear movimiento social es la
búsqueda de una fantasía: el nacionalismo, el capital exportador o el
federalismo de António José Seguro, entonces es preferible incluso hacer
resistencia. Como siempre, nos empeñamos en la resistencia con una
perspectiva europea y buscamos puentes para que sea una lucha europea. Y,
a nivel nacional, no aceptamos el acantonamiento de la resistencia de
trinchera, porque queremos ser una alternativa de gobierno, una propuesta de
liderazgo para el país, lucha global, acción inmediata, presencia de calle.
Y si se trata de política en serio discutamos lo que interesa en la política: las
alianzas. El federalismo serviría para juntarnos al PS, pero, francamente ¿qué
diferencia habría entonces entre esa izquierda y las imposiciones autoritarias
de Merkel como el “semestre Europeo”? ¿Cómo podríamos negar la
presentación de los presupuestos nacionales para el control y la decisión de
Berlín, que después de todo es el modelo deseado del Estado federal? En
cuanto al nacionalismo, juntarnos con el PCP, que por ahora todavía balbucea
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mal la idea de la salida del euro, con pies de lana, porque sabe el miedo que
esto provoca entre los trabajadores, escaldados por las devaluaciones y la
inflación. Y nos unirá a algunos reputados economistas. Los principales
beneficiarios de esta estrategia, el capital exportador, huyen ciertamente de la
idea como el diablo de la cruz. Es decir, no sirve para nada que no sea dar voz
a la desesperación.
En contraste, una plataforma de lucha contra las medidas de austeridad
permite hablar con la mayoría de estos sectores, se une a todos, desde la
periferia del PS, y del PCP al movimiento sindical, a los indignados en las
calles. Es en esta lucha y sólo en ella, que puede levantar nuestro objetivo
estratégico: castigar al capital, defender el salario.
La huelga general que se celebró hoy es una buena prueba de esta política. No
tiene como objetivo ningún sueño de Estado europeo, ni mucho menos la
exigencia de la salida del euro. ¿Tampoco no podía? Tiene la plataforma
sensata que reúne a más gente, el rechazo de los recortes en los subsidios, a
aumentos de impuestos, a la defensa del salario y una política de empleo. Se
denomina resistencia y responde por el país: es la lucha por la hegemonía y
crea la acción social.
Es en esta acción que se aprende y emergen las alternativas. Como dijo
alguien, siempre es de la práctica que vienen las ideas justas. Vamos a luchar.
Francisco Louça es un economista portugués de reputación académica internacional y el principal
dirigente del Bloco d’Esquerda.
Fuente: www.sinpermiso.info