Brasil: elecciones trascendentales
6 de Septiembre de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: MundoBrasil es el país más vasto (más de ocho millones de kilómetros cuadrados, casi
cuatro veces el tamaño de Argentina, casi ocho el de México) y el más poblado,
con 194 millones de habitantes. Es también el país más desigual de América
Latina y del mundo, ya que menos de uno por ciento posee la mitad de la riqueza
total. Cuando los portugueses, holandeses y franceses comenzaron hace 500 años a
colonizar Brasil, había una población indígena estimada entre dos y cinco
millones. Apenas cien años después quedaban sólo 200 mil. La importación masiva
de esclavos negros creó una sociedad que producía en plantaciones para exportar
al mercado capitalista y marcó un capitalismo basado en la esclavitud; ésta fue
abolida mucho después que en todos los países del continente y, por
consiguiente, el racismo marcó profundamente a una sociedad cuya elite es blanca
(en realidad, mestizada).
Desde los años 80 del siglo pasado, el país conoció un gran cambio: surgió una
central sindical de masas independiente de la dictadura militar (la CUT) y nació
un partido de masas, el Partido de los Trabajadores (PT), a partir de los
sindicatos, de las organizaciones campesinas y de las comunidades eclesiales de
base, con apoyo de las izquierdas. Símbolo de este cambio fue la llegada al
gobierno, en 2003, de un ex campesino mestizo del seco nordeste emigrado a la
ciudad y convertido en tornero y en sindicalista. Aunque no cambió ni la
estructura económica y social ni la política neoliberal aplicada por los
gobiernos anteriores orientados por el FMI, sí introdujo en la misma cambios
sociales significativos, sobre todo para los más pobres y modificó, además, el
personal político del aparato estatal.
Cincuenta millones de brasileños, sobre todo nordestinos, escaparon así del
hambre y de la miseria y comenzaron a tener algo, además de derechos y de
dignidad. Las clases medias urbanas sufrieron, en cambio, los efectos de la
continuidad esencial de las políticas que favorecen al capital financiero y a la
agroindustria exportadora y que, en algunos casos, redujeron los ingresos reales
(como en el caso de los funcionarios públicos). Al mismo tiempo, el PT se
transformó, ya que su fusión virtual con el aparato estatal, ocupando en él
cargos decisivos, favoreció el desarrollo de la corrupción y del ala más
conservadora y partidaria de aceptar cualquier clase de concesiones para obtener
puestos en los centros de poder.
Parafraseando a las feministas que alegan justamente que “ninguna mujer nace
para puta”, se puede decir que nadie nace tampoco para burócrata. La burocracia
es una casta intermediaria y parasitaria que se desarrolla al inflarse
artificialmente el aparato estatal gracias al clientelismo político (“te doy un
puestito y me das tu voto”). Es posible porque hay una aceptación generalizada
de la idea de que el aparato estatal pertenece al que lo ocupa y, por lo tanto,
puede poner en él “gente segura”, y porque no hay un control democrático masivo
sobre el funcionamiento del mismo. Los sindicalistas y los militantes que
ingresan en el aparato estatal, supuestamente para reorientarlo y dirigirlo, son
tragados por la lógica burguesa de aquél y tentados por los privilegios
individuales y de camarilla. La única vacuna es una sólida concepción ética
anticapitalista.Pero el PT nació como la suma de sindicalistas combativos,
socialcristianos, demócratas antidictatoriales, ex maoístas, ex estalinistas, ex
trotskistas y no tenía ni orientación anticapitalista ni formación ética propia.
Lula jamás dijo que era anticapitalista o socialista y quienes le atribuyeron a
él y a ese partido esa línea se desilusionaron porque se habían ilusionado
previamente. El PT y su gobierno fueron y son reformistas favorables a los más
pobres, pero no enemigos del gran capital. Por eso Plinio Sampaio, ex dirigente
del PT y viejo luchador social, candidato del Psol (Partido Socialismo y
Libertad), que ataca a Lula por la izquierda, recogerá menos votos que en el
pasado. Y por eso Lula mantiene todavía más de 82 por ciento de aprobación y es
capaz de transmitir ese apoyo a una tecnócrata hasta hace poco casi desconocida,
Dilma Rousseff, que a pesar del handicap de ser mujer y ex guerrillera maoísta,
sucederá casi seguramente al ex sindicalista y ex campesino sin tierra en la
presidencia de un país racista y conservador. Y el mismo PT, a pesar de que
comprobaron casos de corrupción, probablemente reforzará mucho su presencia en
todos los niveles (se vota para renovar la mitad de las cámaras, además de para
gobernadores, y hoy el PT tiene sólo 80 diputados sobre 513).
Ante este apoyo popular creciente y ante la división de la burguesía antilulista
y la crisis de la ultraizquierda, lo más probable es que si Dilma triunfa,
reforzando su aparato, continúe la política de Lula pero buscando llevar al PT
más hacia el centroderecha, incorporándole sus aliados oportunistas de todo
tipo. Los movimientos sociales, que le dan un apoyo crítico, en tal caso podrían
reconsiderar su actitud, si esa política tuviese resultados sociales inmediatos
aún menos favorables que los actuales. Los sectores de las clases medias que
abandonaron la oposición porque ésta es descaradamente derechista, no le dan a
Dilma un voto de esperanza, y podrían volver a quitárselo ante cualquier cambio
importante en la situación social o internacional. De todos modos, el triunfo de
una mujer ex guerrillera, por moderada que sea, será un éxito indirecto de los
trabajadores brasileños y latinoamericanos y reforzará el Mercosur, la Unasur y
las tendencias integracionistas y antimperialistas en la
región.
Guillermo Almeyra
05-09-2010