¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos?
29 de Agosto de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: DestacadosComo es sabido, si ante una escalera que desciende uno hace los movimientos
necesarios y, en cambio, para subir los peldaños pierde pie, se desbarranca y se
rompe el cuello. Igualmente, en política, es esencial ver en cuál fase estamos
para determinar con realismo qué deberemos enfrentar y qué podremos hacer.
La crisis actual del capitalismo es la más profunda y vasta jamás conocida, pero
es también la primera en la que está ausente una fuerza que luche por una
alternativa al sistema. Esta es, en efecto, la primera gran crisis sin
socialistas que enfrenta sólo luchas locales defensivas, desesperadas, en los
países europeos. El valor y la persistencia de los trabajadores griegos no ha
despertado solidaridades ni ha podido modificar las medidas draconianas que el
capital financiero mundial impuso a la socialdemocracia griega, obediente y
servil. No ha bastado tampoco que la desocupación juvenil en Italia y en Francia
llegue a 40 por ciento para imponer movilizaciones y una huelga general, que las
direcciones sindicales españolas “comunistas” y “socialistas” han postergado por
meses para demostrar su voluntad de ceder todo lo que les sea posible. Por otra
parte, en Estados Unidos el único movimiento de masas democrático y defensivo es
el de los inmigrantes indocumentados. Y ni en Rusia ni en Europa oriental, a
pesar de la caída de los ingresos y de los efectos sociales de la crisis (que ha
potenciado, por ejemplo, la trata de blancas), han habido movimientos sociales
importantes.
El capitalismo quiere salir de la crisis con su tasa de ganancia intacta
aumentando la edad para jubilarse (aunque así cierre cada vez más el acceso al
trabajo a los jóvenes y precarios), robando sus contribuciones a jubilados y
pensionados, reduciendo los salarios reales (aunque eso disminuya también el
consumo masivo y la construcción de viviendas), desplazando las empresas donde
los salarios son menores y no hay resistencia sindical (como en China y en
Europa ex “socialista”), implantando cada vez más leyes liberticidas y anulando
conquistas históricas, como la jornada de ocho horas o la protección del trabajo
femenino o infantil.
Como el capitalismo no cae por sí solo, está recomponiendo su equilibrio
volviendo a finales del siglo XIX, porque no enfrenta gran resistencia y no
tiene miedo a una explosión social, que nadie prevé ni prepara, ni está en la
conciencia y en el orden del día de sus víctimas. Sus dos armas principales son
la división étnica, cultural y nacional de los trabajadores, resultante de
enormes migraciones, factor que traba una respuesta unificada al enemigo común,
y las muy desprestigiadas pero aún existentes direcciones burocráticas
sindicales, preocupadas por mantener sus privilegios y convencidas de que aún
hay espacio para negociar con los capitalistas, que van por todo.
Sin la presencia activa de los trabajadores de Europa y Estados Unidos la lucha
contra el capital financiero adopta en algunos países sudamericanos (Venezuela,
Bolivia, Ecuador, Honduras) la forma de movimientos nacionales y nacionalistas
policlasistas masivos, dirigidos por algunos sectores radicalizados de las
clases medias. En esos movimientos que unen un proceso de descolonización, la
búsqueda de la igualdad entre las etnias, el odio a la alianza entre la
oligarquía local y el imperialismo, y un fuerte deseo de integración social y de
modernización del país, la vaga e indefinida reivindicación del socialismo del
siglo XXI expresa que nadie quiere repetir la experiencia burocrática
totalitaria del estalinismo y por eso busca otro socialismo democrático y
pluralista, pero también que nadie tiene claro qué entiende por socialismo, a no
ser que eso signifique una política de independencia nacional, la extensión de
los derechos democráticos y una redistribución de los ingresos estatales. Las
grandes huelgas en Bangladesh, por su parte, son un inmenso ¡basta! a los
sufrimientos de las textiles, pero no plantean ninguna reivindicación
antisistémica.Estamos, pues, en uno de los momentos más negros de la historia
humana, sufriendo la iniciativa y la ofensiva del imperialismo debilitado, pero
que quiere salir de su crisis y evitar una catástrofe social interna mediante
una guerra contra los trabajadores y con la aplicación de medidas bélicas de
envergadura que amenazan la existencia de la civilización y de sus bases
naturales.
Como sostén para la esperanza contamos, sobre todo, con la posibilidad de que se
extiendan y generalicen las huelgas en China, que han obtenido grandes aumentos
de salarios y derechos para los obreros. La conquista de una posición de fuerza
por los trabajadores de ese país, la creación de sindicatos independientes o de
comités de fábrica podrían acabar con la superexplotación de la población y del
ambiente. China podría dejar de ser productora de chatarra barata sobre la base
de salarios de hambre y condiciones de trabajo infames. Eso repercutiría en todo
el mundo. Pero, aunque hay que hacer todos los esfuerzos para que los
trabajadores chinos comiencen a tener conciencia proletaria, este proceso sólo
está en sus comienzos.
Mientras tanto, lo posible es unir y coordinar las luchas defensivas,
desarrollar la solidaridad con ellas para crear conciencia colectiva y, sobre
todo, hacer un balance de por qué el “socialismo real” no sólo no era socialismo
sino que era antisocialista, y es indispensable recuperar todo lo que en el
marxismo sigue siendo válido. Hay que elevar la lucha de ideas. No puede haber
socialismo sin grandes movilizaciones y luchas, pero este sistema no es un mero
producto de ellas sino de la comprobación, en la acción, por parte de grandes
masas de trabajadores, de que el análisis del capitalismo y las propuestas
programáticas socialistas son factibles.
Guillermo Almeyra
29-08-2010