El capital financiero, ladrón de soberanías

24 de Mayo de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Mundo

La crisis mundial más grave en la historia del sistema capitalista ha sido
provocada por el capital financiero internacional, con sus latrocinios,
irresponsabilidades y especulaciones, y con sus políticas de despojo de los
recursos naturales de todos los pueblos. Comenzó en Estados Unidos –el país más
endeudado del planeta, con un creciente déficit público de 13 billones (millones
de millones, 12 ceros seguidos) de dólares–, ahora se extendió a
la Unión
Europea (la principal potencia económica mundial) y afectará pronto al sudeste
asiático que, como China o Japón, destinan a ambos la mayor parte de sus
importaciones y son los principales sostenedores del dólar y compradores de los
bonos públicos estadunidenses. (Dicho sea de paso, uno nunca dejará de
asombrarse ante la ligereza y el impresionismo de algunos supuestos analistas
económicos internacionales de México y de otros países, que ridículamente
anunciaban la muerte del dólar y su remplazo por el euro –hoy por los suelos– o
por otras divisas, sin ver que todos los bancos centrales juegan el mismo juego
y están atados por la misma cuerda sucia).
Los respectivos Estados salvaron a los banqueros –a golpe de cientos de miles de
millones de dólares de los contribuyentes– y les entregaron la conducción de la
economía que previamente habían devastado. O sea, concedieron a los responsables
de la crisis la responsabilidad de la superación de la misma, y a los mafiosos y
delincuentes, la protección del orden financiero.
El resultado está a la vista: con fondos públicos concedidos al uno por ciento,
los ladrones de guante blanco, recicladores además de los fondos de la droga
(estimados en 300 mil millones de dólares anuales, o sea, tanto como la
industria petrolera), de la venta de armas y de la prostitución, prestan ese
dinero ajeno a países como Grecia, a tasas que llegan a ocho por ciento, y los
endeudan aún más.
El capital financiero sigue dirigiendo, como si nada hubiera sucedido, el gran
casino mundial y se juega en la ruleta el destino de países enteros y de miles
de millones de personas. El comercio de divisas, altamente especulativo, mueve
tres billones (en español, o sea, millones de millones) de dólares cada día, y
el mercado de derivados (opciones y futuros) asciende a mil billones
(equivalentes a 16 veces el producto interno bruto anual de todos los países,
grandes y chicos, de este planeta). Ese es el tsunami que sumerge las economías
nacionales.
Eso es posible porque ningún gobierno toca al capital financiero ni intenta
ponerle cortapisas. Por el contrario, ante la crisis que éste provocó, los
gobiernos prolongan la edad para jubilarse, reducen o congelan los salarios,
aumentan el impuesto al valor agregado –que pesa sobre todo entre los pobres–,
sin pensar siquiera en ponerles a los bancos impuestos a las ganancias o a las
operaciones financieras. Si los centenares de miles de millones de dólares que
arrojaron al pozo sin fondo de los bancos ladrones hubiesen servido para crear
bancos públicos y para sostener la demanda de sus poblaciones, la crisis sería
menos extensa y menos cruel. Porque las políticas deflacionarias, a costa de los
salarios y los ingresos, reducen el poder adquisitivo de las mayorías y, por
consiguiente, su nivel de consumo, y agravan tanto la desocupación como la
desindustrialización relativa, ya que los capitales no van a los sectores
productivos, sino que se orientan a los que otorgan alta ganancia inmediata,
como los delincuenciales, entre los cuales destacan los centros del capital
financiero.
Éste no sólo les mete la mano en el bolsillo a asalariados, pequeños
comerciantes, artesanos, campesinos y jubilados, sino que también roba la
soberanía de los pueblos junto con los recursos de todo tipo. La banca de
negocios sucios Goldman Sachs, por ejemplo, indujo al gobierno conservador de
Karamanlis, en Grecia, a endeudarse en condiciones leoninas. Inmediatamente el
pueblo griego votó en forma aplastante en favor de los socialistas y contra las
políticas de ajuste brutal que querían imponer los conservadores. Pero ese voto
no valió nada, porque el FMI y los bancos decidieron por su parte e impusieron
al gobierno de Atenas una política económica y una orientación fiscal opuestas a
las exigencias de los electores, anulando así la soberanía de éstos e imponiendo
a Grecia un gobierno financiero supranacional, con la complicidad del gobierno
socialdemócrata, que prefirió suicidarse políticamente porque la alternativa era
desconocer la deuda fraudulenta contraída por los conservadores a sugerencia de
Goldman Sachs, hacer una auditoría de toda la deuda, meter presos a los
responsables de ese atentado contra el pueblo y contra el país, hacer un plan de
emergencia basado en aplicar impuestos a los beneficiarios de la crisis y a los que más tienen, para dar trabajo y promover la industralización local, y
convocar a un referendo para decidir respecto del no pago de la deuda injusta y fraudulenta y de la política económica.
La prosperidad y las altas ganancias de los bancos contrastan en toda Europa con el aumento de la desocupación y la pobreza. La evasión fiscal, por otra parte, es normal en el caso de las grandes empresas y del capital financiero. Por ahí habría que comenzar el ajuste: expropiando los bancos, creando una banca nacional de desarrollo, haciendo pagar a los evasores.
Pero esto plantea urgentemente la cuestión de quién debe gobernar el país. Los capitalistas y sus servidores políticos han demostrado su corrupción, su
ineptitud y su carácter antisocial y antinacional. No basta ya con protestar. Es hora de reclamar y de preparar una alternativa.
Por Guillermo Almeyra  23-05-2010

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