Atrás a toda marcha, dos o tres siglos

17 de Mayo de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Destacados

Por Guillermo Almeyra

El capital utiliza la crisis que él mismo ha provocado y maneja para
reducir ulteriormente los derechos y las conquistas históricas de los
trabajadores, aumentar el número gigantesco de desocupados para pesar
sobre los ocupados y sus salarios, y reducir al máximo sus ingresos
reales. La mundialización capitalista ha permitido así, acabar con la
jornada de ocho horas, con la prohibición del trabajo infantil y con la
protección ambiental; ha reintroducido en masa la esclavitud, ha
privatizado todo en beneficio de las grandes empresas y las
trasnacionales, expropiando a los ciudadanos, y ha transformado todo
?personas, ideas, valores? en mercancía; ha destruido las bases de la
civilización y puesto en peligro de desaparición las bases materiales de
la vida en el planeta. Decenas de miles de especies han desaparecido y
otras decenas de miles las seguirán hacia la extinción durante la actual
era del Antropoceno, provocada por la acelerada devastación capitalista.

Ésta, tras someter la agricultura y las zonas rurales de todo el mundo,
se lanza ahora contra los bienes comunes subsistentes ?el agua potable,
los mares y los bosques? tal como, antes de la Revolución industrial, lo
hizo contra los bienes de las comunidades (pastos, leña y arroyos) y las
propias poblaciones. Para mantener alta la tasa de ganancia, reduce
brutalmente el nivel de vida y de civilización, como en Grecia o España,
recortando salarios y pensiones, eliminando subsidios y servicios a
mujeres solas e inválidos, aumentando el impuesto al valor agregado,
reduciendo derechos (indemnizaciones, vacaciones, aguinaldos), y carga
sobre las mujeres el peso de la atención sanitaria de sus familiares y
de la reproducción, elimina los jirones de soberanía que subsistían para
servir al gran capital financiero internacional.

Éste, que pretende “asiatizar” los salarios directos e indirectos en los
países metropolitanos y hacer retroceder dos o tres siglos el modo de
vida, acaba de poner en marcha un nuevo Plan Marshall siete veces y
medio mayor que el anterior. Los casi 900 mil millones de euros (un
billón 200 mil millones de dólares, aproximadamente) aprobados para
evitar la quiebra griega (y la española, irlandesa, portuguesa, inglesa
e italiana, si las cosas seguían así) no tienen como motor ?de acuerdo
con el primer Plan Marshall? el miedo al comunismo, a la expropiación de
los expropiadores, sino la necesidad de salvar a los especuladores y
concentrar aún más la propiedad y el poder en manos de pocas y enormes
empresas industrial-financieras. La represión brutal, como en Grecia, la
guerra colonial de despojo (como en Palestina, Irak y Afganistán), el
desconocimiento de los derechos humanos (como en el caso de Arizona y su
racismo antinmigrante), son la respuesta del capital a la defensa de los
trabajadores de sus conquistas sociales y de la civilización, a la
voluntad de paz de los mismos, a la solidaridad en el seno de los
explotados.

La crisis económica y la ecológica integran la ofensiva del capital
contra los explotados y oprimidos, y contra la civilización resultante
de la Revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad, para toda la
humanidad). Por eso lo que sucede en Grecia o en España nos atañe
directamente. Por eso no puede haber una solución meramente ecológica a
la destrucción ambiental y la depredación de los recursos naturales, los
cuales son finitos o pueden serlo, y a la desaparición de las otras
especies. Por eso la defensa del ambiente debe hacerse ?como destacó Evo
Morales en la cumbre de Cochabamba? en el contexto de la lucha por un
cambio de régimen. Pero éste no puede consistir sólo en la adopción de
medidas ambientalistas o democratizadoras, sino que debe estar clara y
políticamente dirigida a acabar con el poder de los hambreadores,
despojadores, neoesclavistas y depredadores.

La autogestión del territorio y de sus recursos es también la
construcción del poder en las mentes y en la sociedad, y de relaciones
estatales democráticas y participativas que no pueden ser remplazadas
por un aparato estatal burocrático neodesarrollista, dedicado a encarar
reformas económicas y sociales, por importantes y bienvenidas que puedan
ser. El aparato de Estado actual, cualquiera sea el gobierno, norma la
integración del país en el mercado mundial capitalista y no es expresión
de un inexistente socialismo comunitario. El Estado, en general, como
relación de fuerzas entre las clases, es un terreno de la lucha de
éstas, no un instrumento por arriba de la misma. Por eso los movimientos
sociales defensores del mundo y la vida hoy atacado y que quieren
preparar el porvenir, deben ser independientes del poder estatal y de
sus instrumentos (como las instituciones, comprendidas entre éstas los
partidos oficiales y la burocracia) y deben construir un poder dual
frente al capital y el Estado. Si las leyes dan margen para eso, tanto
mejor; si no, hay que hacer leyes mejores. Pero en ningún caso las leyes
o la Constitución garantizan por sí mismas el éxito de la lucha, porque
no son más que “un pedazo de papel en la boca de un cañón”. Lo decisivo
es, por tanto, construir una relación de fuerzas favorable a la toma de
conciencia anticapitalista.

17-05-2010

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