La guerra que vamos a ganar los gilipollas

12 de Mayo de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Cultura

 

Por Marcos Winocur

 

 

 

Las guerras han sido vistas como reguladores. Del exceso de población, han dicho unos. De las crisis capitalistas, afirmaron otros. De la vida pasional, unos terceros. Esta última hipótesis está ilustrada por filmes, incluso de factura hollywoodense de los años cuarenta cuando EU, luego de Pearl Harbor, entra a la II Guerra Mundial. Usualmente se trata de escenas  donde los soldados comienzan a “filosofar” durante la pausa que va entre dos combates, después de haber mostrado la foto de la novia o de la esposa e hijos, encendiendo un cigarrillo, tumbados en el suelo. Pero el filme más elocuente en ese sentido es a mi criterio el protagonizado por Jean Luis Trintignant, hablado en francés, presumiblemente filmado en 1995, y no me pidan título y más información, pues encendí la tele tarde, cuando ya había empezado.

 

          Aquí se trata de un coronel falangista durante la guerra civil española. Está al mando de una unidad asentada cerca del frente pues su misión consiste en recibir a los prisioneros republicanos y fusilarlos, torturas previas a criterio del oficial a cargo. Este coronel esta personificado por Jean Luis Tringtinant. Y bien, en las escenas que nos interesan, el coronel falangista está frente a sus oficiales, su discurso será un monólogo. Dice lo siguiente: ¿Que estamos en la guerra para luchar por una España mejor? Vamos, somos oficiales, estamos en la guerra por ascensos, condecoraciones, pasear el uniforme delante de las mujeres. Esto, como un complemento del placer que nos damos al matar impunemente. En la vida civil nos moríamos de aburrimiento, aquí está la acción. Y es una guerra civil, con suerte tendremos en la mira a quienes más odiamos: un hermano que nos disputa la herencia, alguien que nos quitó la novia, los acreedores, arreglaremos cuentas con ellos, cosa imposible, o muy riesgosa, en la vida civil. Amamos la guerra, disfrutamos de la muerte de los otros (los fusilamientos son presenciados desde un palco y el riesgo de morir en el frente está virtualmente cancelado, estos oficiales operan en la retaguardia). Cuando estalle la paz y haya triunfado el falangismo, continúa su monólogo el coronel ante sus oficiales, habrá un mundo de Sanchos en el poder. El amor será delito. La inteligencia será delito. Ganaremos la guerra. ¿La razón? Somos, concluye el coronel, somos los más gilipollas. Y bien, los falangistas ganaron la guerra, y la partida de la posguerra todavía se juega y no sólo en España.

 

          Pero en el contexto del filme, gilipollas quiere decir: los más brutos, capacitados para cometer las mayores tropelías.

 

          Ése es, aproximadamente, la palabra del coronel falangista. Claro, muy otro resulta el discurso de los republicanos, sus motivos de ir a la guerra pasaban por la convicción en un mundo mejor y el sacrificio para defenderlo. Pero el discurso falangista  -muy en el tono de aquel “¡Viva la muerte, muera la inteligencia!” dado en la Universidad de Salamanca por el falangista Milán Astray-  no es menos elocuente. Nuestras sociedades han forjado tal número de ambiciones frustradas que el desquitarse ha pasado a ser lugar común que se vehiculiza de mil maneras, en  ocasiones sin plena conciencia, moviendo el tapete a diestra y siniestra. El objetivo dominante es hacer daño, pagar con la misma moneda,  me desquito con quien entiendo es el responsable de mis fracasos o, si escapa a mi alcance, con cualquiera.

 

          Y salgo a la calle armado, mato a quienes detesto como son los profesores de mi secundaria, o a quienes se me cruzan, soy un asesino en serie. Pero no, fíjense, no necesito comportarme como un criminal, ha estallado la guerra, allá voy. Los soldados bienvenidos sean, volveré como héroe. Una guerrita de vez en cuando descarga las tensiones, la sociedad recobra la normalidad.

 

  ¿A poco no?

10-5-2010

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