Chile: autoorganización sí, represión militar no

3 de Marzo de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Destacados

Escribo estas líneas el martes, a cuatro días del terremoto que arrasó Chile. Este es un país de cerca de 17 millones de habitantes, un índice de pobreza de casi el 14 por ciento, menor al de otros países latinoamericanos, pero con una enorme desigualdad social y que, además, está envejeciendo paulatinamente ya que el índice de fecundidad de las mujeres tiene un promedio de 1.97 (no reproduce ni siquiera la pareja paterna) y el país no tiene casi inmigrantes pero sí emigrantes pues hay cerca de medio millón de chilenos que emigraron a Argentina. Ahora, con el terremoto que barrió las zonas más pobres del sur y el tsunami que arrasó los pueblos y ciudades costeñas de esa zona, más de dos millones de personas se quedaron sin nada, decenas de miles de casa, tiendas, fábricas, escuelas, oficinas han sido destruidas y las pérdidas materiales, según cálculos conservadores, ascienden a más de 40 mil millones de dólares. A la desigualdad entre las clases de agrega la desigualdad entre las regiones: Antofagasta, en el Norte, tiene un Producto Interno Bruto per cápita similar al de Corea (más de 27 mil dólares anuales) que duplica el de la zona central (Santiago, Valparaíso) y quintuplica el del Sur, la zona arrasada por el terremoto que, con un poco más de 6 mil dólares anuales per cápita, tiene el nivel de Angola. Agreguemos a esto que las estadísticas son tramposas porque dan promedios y los ingresos de la minería norteña no llegan en realidad a la población local sino a grandes monopolios extranjeros o al Estado. Es como si se quisiese medir en nivel de vida de Kuwait promediando los ingresos de un beduino o de un  trabajador petrolero con los de la familia reinante…

La gente que se refugió en los cerros de las ciudades costeras del sur para escapar del maremoto o que vive en las plazas desde hace días, sin abrigo, agua, alimentos, ni dinero y con sólo lo puesto está desesperada. Los comercios están cerrados y no hay abastecimiento en alimentos ni en agua mientras las farmacias, o están cerradas, o no tienen ya medicinas. Como no hay luz,  no funcionan los cajeros automáticos de los bancos y, además, los trabajadores esperaban con ansia el fin de mes para cobrar sus quincenas y están sin dinero. Las familias más pobres, de pescadores, por ejemplo, perdieron todo y son las más numerosas. Deben encontrar agua  y comida a toda costa y ven como una provocación que algunos comercios vendan lo que tienen a precios quintuplicados o, peor aún, mantengan cerradas sus puertas dejando que se deterioren los alimentos perecederos que ellas tanto necesitan. Esta es la causa del ingreso a la fuerza en supermercados, sobre todo para conseguir agua y alimentos para unos pocos días. Es cierto que el derrumbe de la cárcel de alta seguridad dejó en libertad a más de mil reclusos que tienen que asaltar a quien sea o robar cualquier cosa para conseguir dinero urgente y escapar lejos. Es cierto también que, como en todo desastre, hay elementos marginales y anti solidarios que aprovechan para saquear o robar en las casas abandonadas de otros tan pobres como ellos. El gobierno, presionado por Piñera que desde el primer momento pretendió la transformación del Estado de Emergencia en un rígido toque de queda, ha tomado esos robos como pretexto para mandar 14 mil soldados a patrullar las calles y policías que, en vez de distribuir agua, barren con sus mangueras a los que la piden. Sin embargo, la experiencia de la pequeña ciudad de Curicó, de 130 mil habitantes, donde se derrumbó el 90 por ciento de las casas, indica que es posible otro camino. Allí los pobladores se auto organizaron, en una plaza montaron una oficina para hacer una lista de necesidades y necesitados y responder a éstos y colocaron un generador para tener luz, distribuyeron equitativamente el agua y los alimentos, garantizaron el orden.

En vez del ejército en los barrios en desastre es posible hacer comités de pobladores y de propietarios e inquilinos de casas mal construidas por las inmobiliarias. Es posible planificar los recursos, organizar la distribución de los mismos, mantener el orden, ayudar a los más necesitados con los medios locales o exigiéndolos a los gobiernos locales y nacional. En eso pueden tener un papel fundamental grupos de estudiantes, sindicatos, mutualidades, partidos de izquierda. La alternativa orden militar o barbarie es falsa y busca preparar para un gobierno inevitablemente duro, como será el de Piñera, que deberá enfrentar la reconstrucción en condiciones de grandes pérdidas de las industrias y el comercio chileno y de pérdida de miles de puestos de trabajo, que empujarán a los más pobres a protestas continuas. Desde ya hay que impedir ser doblemente víctimas, del terremoto y de la derecha y preparar la reconstrucción racional de las ciudades destruidas, teniendo en cuenta las experiencias que deja este desastre.  

Guillermo Almeyra 03-03-2010

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