Bolivia: ni calco ni copia
1 de Marzo de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: DestacadosPor Guillermo Almeyra
El andino José Carlos Mariátegui, nuestro Amauta moderno, edificó los tres
pilares fundacionales de la ciencia social en este continente al decir que sin
la liberación de los indígenas no habría ni democracia ni socialismo en América,
que las raquíticas burguesías nacionales y sus fuerzas políticas no podrían
realizar las conquistas democráticas (como la cuestión de la independencia
nacional o la de la tierra) y, por lo tanto, éstas deberían ser concretadas por
el socialismo y, por último, que éste, en nuestras tierras, no podía ser ni
calco ni copia de las experiencias hechas en otros continentes, donde existía
una densidad histórico-cultural muy diferente.
El curso revolucionario actual en Bolivia está comprobando esas afirmaciones. En
el surco abierto por el gobierno nacionalista de Gualberto Villarroel
(1943-1946) con la primera asamblea indígena y después por la revolución de 1952
y por la asamblea popular a fines de los años 60, en tiempos del gobierno del
también nacionalista general Juan José Torres, el gobierno de Evo Morales-Alvaro
García Lineras está construyendo una Bolivia con un Estado basado en el masivo
consenso indígena, una nación democrática y moderna que lucha por su
independencia y la de todos los países latinoamericanos, en la perspectiva de la
creación de un régimen social diferente que saque al país del capitalismo en
condiciones de aguda dependencia.
Ahí empiezan los problemas, porque la meta social está definida mucho más por lo
que no debe ser –ni el llamado “socialismo real” totalitario, ni la imposible
política de la socialdemocracia– que por un proyecto común. Existe la convicción
de que ese cambio social no puede ser ni calco ni copia de la experiencia rusa,
yugoslava, china, cubana, sino que debe apegarse a la historia y las condiciones
bolivianas. Y, por supuesto, la conciencia de que un aparato estatal fuerte
apoyado en el movimiento campesino y en los trabajadores urbanos será la
herramienta fundamental para construir las bases de una transformación profunda
de Bolivia, que es un país vasto y riquísimo, apenas poblado por menos de 10
millones de habitantes y con gran cantidad de trabajadores emigrados, sobre todo
a Argentina, Brasil y España.
Pero ahí acaban las coincidencias en el mismo gobierno y en su partido, el
Movimiento al Socialismo. Hay, en efecto, quien teoriza que el gobierno actual
es el “gobierno de los movimientos”. Pero éstos no tienen proyecto alternativo
al capitalismo y, además, se basan en la defensa dentro de este sistema de las
condiciones de vida y trabajo de sus integrantes y, por eso, entran muchas veces
en choque con otros movimientos sociales y con el gobierno mismo y asumen muy a
menudo un aspecto corporativo.
También existe quien piensa que es posible crear un modelo capitalista de los
pobres, llamado capitalismo andino, que se basaría en una alianza entre lo que
queda de los ayllus (es decir, las comunidades prehispánicas) y la incipiente
burguesía nacional, con el Estado como aglutinante. Pero ese Estado es hoy
capitalista y, por lo tanto, somete aún más a un tremendo desgaste a los restos
comunitarios –mediante el mercado, la educación, las leyes, los impuestos– y
tiende además a sustituir a los elementos de la naciente burguesía nacional, que
incluso nacen también de la disolución de las comunidades. Los ayllus, por otra
parte, ya desde tiempos de la Colonia dejaron de ser autosustentables porque
dejaron de ser territoriales (es decir, de tener tierras en las montañas, en la
falda de éstas y en los valles, para compensar con diversas producciones los
problemas climáticos) y tuvieron que concentrarse en comunidades inventadas.Hay
también los que se dan como meta un socialismo comunitario no muy bien definido.
Es cierto que, como planteaba Marx en sus célebres cartas a Vera Zasulich, es
teóricamente posible que en algunos países no industrializados y con fuerte base
campesina tradicional el socialismo se apoye fundamentalmente en las comunidades
agrícolas no destrozadas aún por el desarrollo del capitalismo. Pero el
capitalismo de hoy no es el del siglo XIX y existen aymaras que exportan a China
y allí instalan sus hijos porque salen de la comunidad directamente al mercado
mundial. El capitalismo, por otra parte, subsume hoy la agricultura y todas las
relaciones precapitalistas y penetra, con sus ideas y sus mercancías, por cada
poro de la sociedad. Las comunidades se diferencian internamente a gran
velocidad y se disgregan. Además, el socialismo requiere una educación
colectiva, pero también alternativa, científica, desmistificadora. Ese es el
papel del partido que aún no existe y que el MAS no desempeña, ni cumplen
tampoco los movimientos sociales. Para ser socialista, por otra parte, hay que
dejar de verse primordialmente como comunitario, indígena, obrero o campesino,
para no perder esas identidades pero integrarlas en una superior, la de un
hombre o una mujer libres, internacionalistas, solidarios, lo cual está lejos de
ser el caso en la actualidad.
Hoy, si dejamos de lado algunos militantes provenientes de los viejos partidos
de la izquierda, el grueso de los cuadros del MAS son nacionalistas pragmáticos
y atribuyen al Estado el tradicional papel extractivista y distribucionista que
tenía el desarrollismo nacionalista clásico de 1952. Al mismo tiempo, encuentran
en la particularidad de sus movimientos la oportunidad para hacer carrerismo en
el Estado apoyándose en bases propias, que tienden a controlar burocráticamente.
Esto abre el camino a una doble burocratización: la de los dirigentes que se
integran en el aparato estatal y la de la verticalización creciente de las
organizaciones de base, con fines y por medios clientelares. Aquí está el nudo
del problema: en la carencia de fines claros para la superación del capitalismo
y en la falta de un partido, democrático, pluralista, no estatista, que dé
importancia a la discusión teórica y a la formación política de sus
cuadros.
28-02-2010