Daniel Bensaïd, teórico marxista, dirigente revolucionario

16 de Enero de 2010 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Debate

 

La muerte de Daniel Bensaïd a sólo 63 años, tras una larga enfermedad, es una pérdida para las reducidas filas de los sostenedores europeos y mundiales del marxismo como teoría para la acción revolucionaria. En homenaje a este filósofo que fue también un militante político revolucionario internacionalista  desde su juventud, publicamos su último artículo aparecido en nuestro idioma en la revista española Viento Sur.

El marxismo de Daniel Bensaïd era un marxismo riguroso pero “abierto”, no dogmático, que tuvo en cuenta los escritos de Derrida y de Foucault, pero no cayó en ninguna de las aberraciones teóricas que tantos estragos causaron  en Francia, desde Althusser, los “nuevos filósofos”, hasta el postmodernismo y discutió eficazmente las posiciones de Antonio Negri o de John Holloway, que estuvieron de moda en algún  momento.

La obra principal de Bensaïd es Marx el Intempestivo (2003, Herramienta, Buenos Aires) pero también se destaca, entre muchos otros trabajos) el estudio de la correspondencia entre Marx y Engels con motivo de la Comuna de París, en el que desmiente la acusación de determinismo que se le hace al primero al mostrar su sutil análisis de los problemas políticos. Como militante revolucionario, fue uno de los dirigentes de la escisión de izquierda en la Juventud Comunista francesa que dio origen a la Juventud Comunista Revolucionaria en 1967 (tenía entonces 21 años) y en 1968 tuvo un importante papel en Mayo de ese año y en las luchas obreras estudiantil y terminó confluyendo con la sección francesa de la IVa Internacional de entonces (el partido Comunista Internacionalista) en la creación de la Liga Comunista Revolucionaria, siempre sección francesa de esa organización. En los últimos tiempos estuvo entre los creadores y teóricos del Nuevo Partido Anticapitalista, en el cual se integraron casi todos los trotskistas franceses. Su influencia como pensador, difusor del marxismo y profesor (enseñaba en la Universidad París VIII) superó con creces el margen estrecho de la militancia revolucionaria francesa e internacional,           q1ue pierde con él una figura influyente, fértil y respetada. Como publicación socialista nos unimos al pesar de sus compañeros de lucha y de ideas y lamentamos el vacío que deja en el campo del redescubrimiento de un Marx que, más que certezas , sembraba pensamiento crítico.

 Potencias del comunismo

Por    Daniel Bensaïd

 

En un artículo de 1843 sobre “los progresos de la reforma social en el
continente”, el joven Engels (recién cumplidos los 20 años) veía el comunismo
como “una conclusión necesaria que se está claramente obligado a sacar a partir
de las condiciones generales de la civilización moderna”. Un comunismo lógico en
suma, producto de la revolución de 1830, en la que los obreros “volvieron a las
fuentes vivas y al estudio de la gran revolución y se apoderaron vivamente del
comunismo de Babeuf”.

Para el joven Marx, en cambio, este comunismo no era aún más que “una
abstracción dogmática”, una “manifestación original del principio del
humanismo”. El proletariado naciente se había “echado en brazos de los
doctrinarios de su emancipación”, de las “sectas socialistas”, y de los
espíritus confusos que “divagan como humanistas” sobre “el milenio de la
fraternidad universal” como “abolición imaginaria de las relaciones de clase”.
Antes de 1848, este comunismo espectral, sin programa preciso, estaba presente
pues en el aire del tiempo bajo las formas “poco pulidas” de las sectas
igualitarias o de ensueños icarianos.

Sin embargo, ya entonces la superación del ateísmo abstracto implicaba un nuevo
materialismo social que no era otra cosa que el comunismo: “Igual que el
ateísmo, en tanto que negación de Dios, es el desarrollo del humanismo teórico,
también el comunismo, en tanto que negación de la propiedad privada, es la
reivindicación de la vida humana verdadera”. Lejos de todo anticlericalismo
vulgar, este comunismo era “el desarrollo de un humanismo práctico”, para el
cual no se trataba ya sólo de combatir la alienación religiosa, sino la
alienación y la miseria sociales reales de donde nace la necesidad de religión.

De la experiencia fundadora de 1848 a la de la Comuna, el “movimiento real” que
busca abolir el orden establecido tomó forma y fuerza, disipando las “locuras
sectarias”, y dejando en ridículo “el tono de oráculo de la infalibilidad
científica”. Dicho de otra forma, el comunismo, que fue primero un estado de
espíritu o “un comunismo filosófico”, encontraba su forma política. En un cuarto
de siglo, llevó a cabo su muda: de sus modos de aparición filosóficos y utópicos
a la forma política por fin encontrada de la emancipación.

1. Las palabras de la emancipación no han salido indemnes de las tormentas del
siglo pasado. Se puede decir de ellas, como de los animales de la fábula, que no
han quedado todas muertas, pero que todas han sido gravemente heridas.
Socialismo, revolución, anarquía incluso, no están mucho mejor que comunismo. El
socialismo se ha implicado en el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg,
en las guerras coloniales y las colaboraciones gubernamentales hasta el punto de
perder todo contenido a medida que ganaba en extensión. Una metódica campaña
ideológica ha logrado identificar a ojos de muchos la revolución con la
violencia y el terror. Pero, de todas las palabras ayer portadoras de grandes
promesas y de sueños de porvenir, la de comunismo ha sido la que más daños ha
sufrido debido a su captura por la razón burocrática de Estado y de su
sometimiento a una empresa totalitaria. Queda sin embargo por saber si, de todas
estas palabras heridas, hay algunas que vale la pena reparar y poner de nuevo en
movimiento.

2. Es necesario para ello pensar lo que ha ocurrido con el comunismo del siglo
XX. La palabra y la cosa no pueden quedar fuera del tiempo de las pruebas
históricas a las que han sido sometidos. El uso masivo del título “comunista”
para designar el Estado liberal autoritario chino pesará mucho más durante largo
tiempo, a ojos de la gran mayoría, que los frágiles brotes teóricos y
experimentales de una hipótesis comunista. La tentación de sustraerse a un
inventario histórico crítico conduciría a reducir la idea comunista a
“invariantes” atemporales, a hacer de ella un sinónimo de las ideas
indeterminadas de justicia o de emancipación, y no la forma específica de la
emancipación en la época de la dominación capitalista. La palabra pierde
entonces en precisión política lo que gana en extensión ética o filosófica. Una
de las cuestiones cruciales es saber si el despotismo burocrático es la
continuación legítima de la revolución de Octubre o el fruto de una
contrarrevolución burocrática, verificada no sólo por los procesos, las purgas,
las deportaciones masivas, sino también por las conmociones de los años treinta
en la sociedad y en el aparato de Estado soviético.

3. No se inventa un nuevo léxico por decreto. El vocabulario se forma con el
tiempo, a través de usos y experiencias. Ceder a la identificación del comunismo
con la dictadura totalitaria estalinista sería capitular ante los vencedores
provisionales, confundir la revolución y la contrarrevolución burocrática, y
clausurar así el capítulo de las bifurcaciones, único abierto a la esperanza. Y
sería cometer una irreparable injusticia hacia los vencidos, todas las personas,
anónimas o no, que vivieron apasionadamente la idea comunista y que la hicieron
vivir contra sus caricaturas y sus falsificaciones. ¡Vergüenza a quienes dejaron
de ser comunistas al dejar de ser estalinistas y que no fueron comunistas más
que mientras fueron estalinistas! /1

4. De todas las formas de nombrar “al otro” necesario y posible del capitalismo
inmundo, la palabra comunismo es la que conserva más sentido histórico y carga
programática explosiva. Es la que evoca mejor lo común del reparto y de la
igualdad, la puesta en común del poder, la solidaridad enfrentada al cálculo
egoísta y a la competencia generalizada, la defensa de los bienes comunes de la
humanidad, naturales y culturales, la extensión a los bienes de primera
necesidad de un espacio de gratuidad (desmercantilización) de los servicios,
contra la rapiña generalizada y la privatización del mundo.

5. Es también el nombre de una medida diferente de la riqueza social de la de la
ley del valor y de la evaluación mercantil. La competencia “libre y no falseada”
reposa sobre “el robo del tiempo de trabajo de otro”. Pretende cuantificar lo
incuantificable y reducir a su miserable común medida, mediante el tiempo de
trabajo abstracto, la inconmensurable relación de la especie humana con las
condiciones naturales de su reproducción. El comunismo es el nombre de un
criterio diferente de riqueza, de un desarrollo ecológico cualitativamente
diferente de la carrera cuantitativa por el crecimiento. La lógica de la
acumulación del capital exige no sólo la producción para la ganancia, y no para
las necesidades sociales, sino también “la producción de nuevo consumo”, la
ampliación constante del círculo del consumo “mediante la creación de nuevas
necesidades y por la creación de nuevos valores de uso”… “De ahí la explotación
de la naturaleza entera” y “la explotación de la tierra en todos los sentidos”.
Esta desmesura devastadora del capital funda la actualidad de un eco-comunismo
radical.

6. La cuestión del comunismo es primero, en el Manifiesto Comunista, la de la
propiedad: “Los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única:
supresión de la propiedad privada” de los medios de producción y de cambio, a no
confundir con la propiedad individual de los bienes de uso. En “todos los
movimientos”, “ponen por delante la cuestión de la propiedad, a cualquier grado
de evolución que haya podido llegar, como la cuestión fundamental del
movimiento”. De los diez puntos que concluyen el primer capítulo, siete
conciernen en efecto a las formas de propiedad: la expropiación de la propiedad
terrateniente y la afectación de la renta de la tierra a los gastos del Estado;
la instauración de una fiscalidad fuertemente progresiva; la supresión de la
herencia de los medios de producción y de cambio; la confiscación de los bienes
de los emigrados rebeldes, la centralización del crédito en una banca pública;
la socialización de los medios de transporte y la puesta en pie de una educación
pública y gratuita para todos; la creación de manufacturas nacionales y la
roturación de las tierras sin cultivar. Estas medidas tienden todas ellas a
establecer el control de la democracia política sobre la economía, la primacía
del bien común sobre el interés egoísta, del espacio público sobre el espacio
privado. No se trata de abolir toda forma de propiedad, sino “la propiedad
privada de hoy, la propiedad burguesa”, “el modo de apropiación” fundado en la
explotación de unos por los otros.

7. Entre dos derechos, el de los propietarios a apropiarse de los bienes
comunes, y el de los desposeídos a la existencia, “es la fuerza la que decide”,
dice Marx. Toda la historia moderna de la lucha de clases, de la guerra de los
campesinos en Alemania a las revoluciones sociales del siglo pasado, pasando por
las revoluciones inglesa y francesa, es la historia de este conflicto. Se
resuelve por la emergencia de una legitimidad opuesta a la legalidad de los
dominantes. Como “forma política al fin encontrada de la emancipación”, como
“abolición” del poder de Estado, como realización de la república social, la
Comuna ilustra la emergencia de esta legitimidad nueva. Su experiencia ha
inspirado las formas de autoorganización y de autogestión populares aparecidas
en las crisis revolucionarias: consejos obreros, soviets, comités de milicias,
cordones industriales, asociaciones de vecinos, comunas agrarias, que tienden a
desprofesionalizar la política, a modificar la división social del trabajo, a
crear las condiciones de extinción del Estado en tanto que cuerpo burocrático
separado.

8. Bajo el reino del capital, todo progreso aparente tiene su contrapartida de
regresión y de destrucción. No consiste in fine “más que en cambiar la forma de
la servidumbre”. El comunismo exige una idea diferente y unos criterios
diferentes de los del rendimiento y de la rentabilidad monetaria. A comenzar por
la reducción drástica del tiempo de trabajo obligatorio y el cambio de la noción
misma de trabajo: no podrá haber completo desarrollo individual en el ocio o el
“tiempo libre” mientras el trabajador permanezca alienado y mutilado en el
trabajo. La perspectiva comunista exige también un cambio radical de la relación
entre el hombre y la mujer: la experiencia de la relación entre los géneros es
la primera experiencia de la alteridad y mientras subsista esta relación de
opresión, todo ser diferente, por su cultura, su color, o su orientación sexual,
será víctima de formas de discriminación y de dominación. El progreso auténtico
reside enfin en el desarrollo y la diferenciación de necesidades cuya
combinación original haga de cada uno y cada una un ser único, cuya singularidad
contribuya al enriquecimiento de la especie.

9. El Manifiesto concibe el comunismo como “una asociación en la que el libre
desarrollo de cada cual es la condición del libre desarrollo de todos”. Aparece
así como la máxima de un libre desarrollo individual que no habría que
confundir, ni con los espejismos de un individualismo sin individualidad
sometido al conformismo publicitario, ni con el igualitarismo grosero de un
socialismo de cuartel. El desarrollo de las necesidades y de las capacidades
singulares de cada uno y de cada una contribuye al desarrollo universal de la
especie humana. Recíprocamente, el libre desarrollo de cada uno y de cada una
implica el libre desarrollo de todos, pues la emancipación no es un placer
solitario.

10. El comunismo no es una idea pura, ni un modelo doctrinario de sociedad. No
es el nombre de un régimen estatal, ni el de un nuevo modo de producción. Es el
de un movimiento que, de forma permanente, supera/suprime el orden establecido.
Pero es también el objetivo que, surgido de este movimiento, le orienta y
permite, contra políticas sin principios, acciones sin continuidad,
improvisaciones de a diario, determinar lo que acerca al objetivo y lo que aleja
de él. A este título, es no un conocimiento científico del objetivo y del
camino, sino una hipótesis estratégica reguladora. Nombra, indisociablemente, el
sueño irreductible de un mundo diferente, de justicia, de igualdad y de
solidaridad; el movimiento permanente que apunta a derrocar el orden existente
en la época del capitalismo; y la hipótesis que orienta este movimiento hacia un
cambio radical de las relaciones de propiedad y de poder, a distancia de los
acomodamientos con un menor mal que sería el camino más corto hacia lo peor.

11. La crisis, social, económica, ecológica, y moral de un capitalismo que no
hace retroceder ya sus propios límites más que al precio de una desmesura y de
una sinrazón crecientes, amenazando a la vez a la especie y al planeta, vuelve a
poner al orden del día “la actualidad de un comunismo radical” que invocó
Benjamin frente al ascenso de los peligros de entre guerras.

Nota

1/ Ver Mascolo, D. (2000) A la recherche d´un communisme de pensée. Paris :
Editions Fourbis, p. 113.

Traducción de Alberto Nadal (http://www.vientosur.info/)

Viento Sur 13-01-2010

 

 

 

 

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