El fondo y la superficie

15 de Septiembre de 2009 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Política

 

Por Guillermo Almeyra

Hace rato que en el medio académico y periodístico se piensa en términos de

naciones sin ver que éstas no son social o culturalmente homogéneas, sino una

construcción histórico-cultural que abarca clases y sectores en conflicto

permanente entre sí. En consecuencia, se difunde el hablar de conflictos de

naciones y hasta de civilizaciones: así Marianne, la República, la señora

Francia, se opondría al Tío Sam, o China o Rusia disputarían a éste su hegemonía

y así sucesivamente. Una de las contradicciones del sistema capitalista –la

diversidad y la competencia de capitales, la utilización por éstos de su Estado,

la territorialidad del capitalismo– es asumida como si fuera la única y

principal, y lo que aparece en la superficie es tomado como si fuese la esencia

misma del problema.

Por supuesto, el nacionalismo, tanto el de los oprimidos como el de los

opresores, es una gran fuerza ideológica, política y cultural, pero ese

nacionalismo, incluso el que se opone al imperialismo (o sea, al nacionalismo de

los colonizadores reaccionario y opresor), no es antisistémico ni

anticapitalista, aunque debilite la manifestación actual del capitalismo que es

el imperialismo del gran capital financiero y de los estados a su servicio. Para

la liberación social el nacionalismo antimperialista es condición necesaria pero

no suficiente, porque la liberación nacional, en cualquier rincón de la Tierra,

sólo podrá ser total y definitiva cuando quienes viven de la opresión de la

inmensa mayoría de la humanidad hayan sido vencidos en sus propios países tras

haber sido expulsados de la mayor parte de las regiones del globo.

O sea, el comienzo de la liberación de unos pocos en un territorio periférico

sólo puede culminar con éxito en la liberación general del sistema que dentro de

cada nación oprime y explota a las mayorías y que hace que una minoría

extranacional, apoyada siempre en estados nacionales, oprima a otras naciones.

En una palabra: si se quiere ser consecuentemente anticolonialista y ayudar a

descolonizar a los países dependientes, hay que ser algo más que un nacionalista

deseoso de reformar la relación de dependencia que impone el capitalismo

imperialista. Hay que ser anticapitalista, entre otras cosas porque la parte

principal del capital en nuestros países está en manos de las trasnacionales y

los capitalistas locales están fusionados con el capital financiero

internacional, de modo que no puede haber una alianza entre ellos y sus

explotados.

En nuestros países latinoamericanos el capitalismo se impuso mediante una

salvaje explotación basada en la negación de las otras culturas, en la

imposición de criterios racistas y de castas a partir del color de la piel, así

como en la servidumbre y la esclavitud. El imperialismo del destino manifiesto

de Estados Unidos se apoya también en el concepto de pueblo elegido por Dios, el

cual siempre ha sido, desde los tiempos más remotos, profundamente racista.El

racismo, que muchas veces sus víctimas asumen como algo natural, lo cual las

lleva a tratar de negar su origen étnico y su cultura, que consideran

inferiores, es una lacra que debe ser combatida constantemente, cotidianamente y

en todos los campos pues permea la cultura de los países dependientes, donde se

considera mejor y superior lo que proviene de las metrópolis. Pero la

descolonización del país y del poder dentro del país no consiste sólo en que la

mayoría mestiza o de origen europeo reconozca graciosamente sus culturas, sus

lenguas, sus tradiciones y formas de organización a los negros y a los pueblos

originarios, asumiendo la tarea muchas veces imposible –por razones demográficas

y geográficas– de concederles guetos supuestamente autónomos. Un Estado

plurinacional no deja de ser capitalista mientras no sea eliminada la

contradicción principal: la explotación de clase, que ha requerido

históricamente la opresión cultural y racial para consolidarse.

Por eso la autorganización, la autonomía de los oprimidos, debe construir poder

en la conciencia de los pueblos que la practican bajo la forma asamblearia, de

democracia directa y de decisiones colectivas. Y levantar también un poder dual

frente al Estado central y al gobierno de éste, aunque el mismo reconozca esos

poderes locales, porque la independencia en la formación de las opiniones y

reivindicaciones es la base de la ciudadanía, la cual no se opone en nada a la

federación de comunas autónomas, como lo demostraron las comunas de la

revolución francesa, que estaban federadas.

En escala mundial, el capitalismo nos ha retrotraído al siglo XIX, el del

liberalismo sin trabas en el campo político-social, con el apoyo de estados

poderosos. Se están anulando una tras otra las conquistas de más de siglo y

medio de luchas civilizatorias de los trabajadores, como la jornada de ocho

horas, la abolición del trabajo infantil o de la esclavitud, mientras la trata

de personas es incluso práctica normal. En escala mundial estamos ante la

necesidad de una revolución francesa, democrática y social, que no se completó

ni siquiera en Francia.

Esa revolución incluye la descolonización y el combate al racismo en nombre de

la igualdad del género humano y de la igualdad entre los géneros, así como una

democratización de las decisiones productivas para salvar al planeta de un

desastre ambiental. O sea, necesitamos una revolución democrática con un curso

anticapitalista que permita, a la vez, superar y enterrar el sistema capitalista

de explotación y dominación y establecer federaciones socialistas en todos los

continentes. Ésta puede parecer una visión utópica, pero es más realista que la

de quienes creen poder tener estados capitalistas criollos independientes,

buenos, descolonizados y no racistas.

 

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