Trotsky, el socialismo y la democracia
21 de Agosto de 2009 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Destacados
Por Guillermo Almeyra
El 20 de agosto se cumplirán 69 años del asesinato en México de León Trotsky,
presidente del soviet de San Petersburgo en 1905 y 1917 y, después, líder de la
lucha por la regeneración del partido de Lenin y del Estado nacido de la
revolución en la que opuso intransigentemente el combate por la democracia
interna y la plena y libre discusión de ideas al totalitarismo burocrático de
Stalin, nacido de la fusión entre el partido único monolítico y el Estado, ambos
en manos de la burocracia seudosocialista.
Los soviets –o consejos– obreros y campesinos (al igual que los consejos de
soldados, que eran campesinos en uniforme) fueron –tanto en Rusia, en sus dos
revoluciones, como después de la Primera Guerra Mundial en Alemania,
Austria-Hungría o incluso Italia en 1920– una creación directa del sector más
decidido, culto y organizado de los trabajadores, no de los partidos. En 1905,
en efecto, los bolcheviques, el partido de Lenin, se habían opuesto a los
consejos a los que veían como competidores de las organizaciones obreras y
campesinas del partido y de los que desconfiaban, creyendo que podrían ser
maniobrados por los mencheviques, los anarquistas, los socialrevolucionarios, ya
que en los consejos militaban todas las organizaciones socialistas, además de
gran cantidad de personas sin partido.
Porque los consejos eran el organismo político de coordinación y discusión
pluralista de todas las ideas que circulaban entre los trabajadores. Trotsky, de
este modo, presidió en 1905 la organización de la expresión directa de todas las
tendencias existentes en el campo de la revolución y, en 1917, volvió a dirigir
los soviets o consejos pluralistas y democráticos, en los que los bolcheviques
tuvieron que ganar la mayoría y enfrentar sus ideas y propuestas con las otras
tendencias obreras, antes mayoritarias. Dicho sea de paso, el gobierno soviético
presidido por Lenin no fue el de un partido único ni mucho menos monolítico. En
el partido bolchevique había, en efecto, libertad de tendencias y una intensa
discusión entre las diversas corrientes en la que Lenin muchas veces quedó en
minoría, y en el gobierno, además de los bolcheviques –en cuyo partido
confluyeron muchísimos anarquistas– estaban los mencheviques internacionalistas
y los socialistas revolucionarios de izquierda.
La concepción de Trotsky fue siempre la de Marx: la liberación de los
trabajadores será obra de los trabajadores mismos, no de una minoría, una
vanguardia autodesignada. El partido es sólo un instrumento, en el mejor de los
casos un maestro y un organizador, nunca el remplazante de quienes declara
servir. Y la base de la construcción del socialismo es la autogestión, como la
expresada en los consejos que cumplen el papel del Estado sin estar integrados
en éste porque legislan, controlan, deciden sobre los recursos, todo sobre la
base de las asambleas y de la libre discusión entre las diferentes tendencias,
organizadas partidariamente o no.Ya a comienzos del siglo pasado, cuando
acompañado por Rosa Luxemburgo discutía contra la idea del partido
ultracentralizado, de “vanguardia”, defendida en 1903 por Lenin, Trotsky había
advertido sobre el peligro de que ese tipo de organización anulase la vida
interna y favoreciese la dictadura de unos pocos y hasta la de un “jefe” en el
partido. Sólo en 1923, fracasado su intento de regenerar un partido ya muerto y
un sistema “soviético” en el cual habían desaparecido ya los soviets (consejos)
de los años de la revolución y el nombre sólo servía para cubrir los concejos
municipales de un partido sin vida interna alguna, Trotsky reivindica la
concepción del partido de Lenin. Lo hace porque Stalin y sus secuaces lo acusan
de advenedizo, de antileninista y antibolchevique, y la dictadura del aparato
inventa un marxismo-leninismo que nada tenía que ver con Marx o con Lenin y que,
además, convertía en dogma, en ortodoxia, lo que era un método de análisis
revolucionario de la sociedad.
Contra esa invención del “trotskismo” por la burocracia en el poder, que lo
presentaba en oposición al leninismo, Trotsky asume el nombre de bolchevique
leninista, la continuidad política de las posiciones de Lenin y, respecto del
partido, lucha contra Stalin en nombre del breve periodo de vida del partido
triunfante en octubre bajo la dirección de Lenin. Pero en cuanto a los soviets,
sigue luchando por revivirlos y hacerlos independientes del Estado supuestamente
“soviético”. Y pugna hasta su muerte para que los consejos –órganos de todos los
trabajadores de una empresa o región, sindicalizados o no, miembros o no de
algún partido obrero– remplacen a los organismos estatales de mediación, como
los sindicatos burocratizados, para ayudar a construir así la independencia
política y la conciencia de los trabajadores, y para afirmar su autoconfianza y
desarrollar sus capacidades de decisión políticas y administrativas.
Frente a quienes piensan que el socialismo caerá a los trabajadores como un
nuevo maná, dispensado desde el partido-Estado, Trotsky aboga en cambio por el
socialismo de los consejos, de la autogestión. No sin contradicciones, no sin
desvíos momentáneos y excesos administrativos, no sin concesiones incluso a la
burocracia que él aborrecía y que le odiaba, pero sí como hilo rojo que marca
toda su vida política, que se identifica con toda su vida consciente. Por eso la
burocracia mandó asesinarlo: porque era inasimilable e incorruptible. Por eso
también le rendimos homenaje en un momento en que muchos pretenden construir el
socialismo fundamentalmente desde arriba, con el aparato estatal, desde el
aparato estatal, con los trabajadores actuando apenas como
coro.
16-8-2009