“No había inocentes en Gaza”

16 de Julio de 2009 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: Destacados

26 soldados que participaron en la guerra explican a una ONG israelí las
atrocidades perpetradas durante 22 días de contienda

Por Juan Miguel Muñoz 
     
“Abrimos fuego y no hacemos preguntas”. “Nos dijeron que debíamos arrasar la
mayor parte posible de nuestra zona”. “Mi comandante me dijo, medio sonriendo,
medio serio, que esas demoliciones podrían añadirse a su lista de crímenes de
guerra”. “Si alguna vez nos hablaron de inocentes, fue para decirnos que no
había inocentes”. Es el turno de los soldados israelíes. Dirigentes, académicos
y analistas hebreos; políticos y civiles palestinos; organizaciones no
gubernamentales internacionales y locales; Naciones Unidas. Todos han
investigado y extraído conclusiones de la guerra que el Ejército israelí lanzó
contra Gaza el invierno pasado. ¿Guerra? “¿Es realmente plausible denominar
batallas al bombardeo con artillería y tanques, y al fuego lanzado desde
helicópteros y aviones?”, se pregunta el abogado Michael Sfard, defensor ante
los tribunales israelíes de muchas víctimas palestinas del Ejército. “Es el
ataque más duro que ha infligido el Estado de Israel a una zona urbana
densamente poblada por civiles”, añade Sfard. Algún ex diplomático israelí
confiesa, exigiendo no ser citado, que las operaciones por tierra, después de la
primera semana de bombardeos aéreos, fueron “un exceso”. Pero ahora lo han
contado a Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio), una ONG israelí, 26
militares que participaron en la campaña. Algunos se plantaron ante las cámaras
y prefirieron que su rostro fuera difuminado. Otro, como el experimentado
sargento reservista Amir, a cara descubierta. Su descripción provoca escalofríos
y explica por qué varias zonas de Gaza parecían devastadas por un terremoto. A
todos ellos les resultará muy difícil tragarse la coletilla que los líderes de
su país utilizan a destajo: “El Ejército de Israel”, dicen, “es el más moral del
mundo”. La guerra de Gaza ha sido un punto y aparte. No hubo reglas y los
crímenes de guerra, según la ONG, no fueron ni mucho menos hechos aislados.

  “La idea era dejar una zona estéril detrás de nosotros cuando nos fuéramos”
  “La premisa era abrir fuego sin considerar las repercusiones”
La noticia en otros webs
  webs en español
  en otros idiomas
Todo fue diseñado para acometer una “guerra sin bajas”, en palabras de Sfard. Y
como relata Yehuda Shaul, uno de los directivos de Breaking the Silence, “la
mejor manera de defenderse es disparando fuego masivamente. Así el enemigo no
saca la cabeza. Se bombardearon barrios y viviendas sabiendo que se iba a matar
a civiles. Después de lanzar octavillas sobre un barrio, se decidió que se podía
matar a quien fuera”. 1.400 palestinos perdieron la vida en 22 días de
contienda, una gran mayoría de ellos civiles. Las milicias palestinas mataron a
tres inocentes israelíes con cohetes kassam. De los nueve soldados caídos,
cuatro lo fueron por fuego amigo. Unas 50.000 casas, 200 escuelas, casi un
millar de fábricas fueron dañadas o convertidas en ruinas, según Naciones
Unidas. La lucha entre militares y milicianos fue la excepción en una campaña en
la que soldados disparaban contra depósitos de agua por aburrimiento; en la que
se lanzaron bombas de fósforo en zonas civiles, en las que muchos soldados se
dieron al pillaje, y en la que se disparaban cañones para despertar a una
compañía.
“Las reglas de combate no distinguieron entre combatientes y civiles; no
tuvieron en consideración que los combates tuvieron lugar en una zona donde
debía conocerse la presencia de niños, mujeres y ancianos; se emplearon armas
con un radio de precisión inapropiado para áreas llenas de civiles; la amplia
devastación; la destrucción sistemática; su increíble magnitud; la destrucción
de casas, apartamentos, edificios públicos y propiedades, en muchos casos sin
que respondiera a una aparente necesidad militar”, precisa Sfard. “Disparar a
cualquiera que se supone no debe estar en un lugar” fue una regla destinada a
impedir bajas propias. A cualquier precio. No se daban órdenes precisas, pero
todos los soldados coinciden en que había que hacer lo que fuera para no caer
heridos. Un militar admite que se empleó con profusión la denominada “entrada
mojada”. Es decir, el allanamiento de una casa a tiro limpio. En ocasiones
lanzando misiles o proyectiles antitanque. Después se comprobaría lo que había
dentro.
La destrucción, deliberada según los testimonios, fue minuciosamente
planificada. Antes de la guerra, durante el entrenamiento, “nos dimos cuenta de
que esta vez no se trataba de una campaña, sino de una guerra en la que te
quitas los guantes… Las consideraciones que estábamos acostumbrados a escuchar
sobre las reglas de combate, y los esfuerzos por no dañar a inocentes no se
escucharon esta vez. Al contrario… Un comandante nos dijo que no habría
segundos pensamientos sobre cualquier amenaza, real o imaginaria, que pudiéramos
sentir… La idea era abrir fuego y no intentar considerar las repercusiones.
Ante cualquier obstáculo, ante cualquier problema, abrimos fuego y no hacemos
preguntas. Si hay un vehículo en el camino, se aplasta; si hay un edificio se
bombardea. Éste es el espíritu que se transmitió durante el entrenamiento”,
relata Amir.
El componente religioso también jugó su papel. “Se repartieron pasquines con el
sello del Ejército y su Rabinato que contenían material político explícito: los
palestinos eran descritos como los filisteos, nuevos en esta tierra. Como
alienígenas en esta tierra que nosotros debemos retomar. Luego el rabino Chen
nos habló de la santidad del pueblo de Israel y de que estábamos luchando en una
guerra entre la luz y la oscuridad llena de connotaciones apocalípticas y
escatológicas. El lenguaje era altamente mesiánico. La guerra entre la luz y la
oscuridad era la preparación para la redención. Pero más perturbador que este
asunto religioso era la demonización del otro, los hijos de la oscuridad,
mientras nosotros éramos los hijos de la luz. Esto es muy problemático porque se
podría esperar que se hiciera una distinción con los civiles”, narra otro
militar.
Un activista de la ONG israelí Breaking the Silence le pregunta a Amir, que ha
servido en Gaza y Cisjordania varias veces como reservista: ¿Esto era nuevo para
ti? “Sí. Sin ninguna sombra de duda… Nunca tuve permiso o recibí instrucciones
para comportarme de este modo… De alguna manera, el Ejército siempre planteaba
vías para tratar de evitar heridos. En esta ocasión, la sensación era la
contraria. Como si herir a civiles no jugara un papel en las consideraciones…
Si alguna vez nos hablaron de inocentes fue para decirnos que no habría
inocentes. Todos allí eran el enemigo. Es una frase que escuchamos al comandante
de la brigada… No había normas para el combate. La norma era disparar”.
Relata un soldado que observó a un hombre con una antorcha y camisa blanca
aproximarse. Pidió a su comandante permiso varias veces para realizar disparos
de disuasión (a metros de distancia para que el palestino se detuviera) tras
informarle de que el hombre no iba armado. El oficial no se lo concedió. Cuando
ya estaba muy cerca, cuanta el uniformado: “De pronto una explosión de fuego que
venía de arriba nos hizo saltar a todos. El hombre comenzó a chillar. No lo
olvidaré mientras viva. Todo el mundo disparaba y el hombre gritaba. El
comandante bajó las escaleras y dijo: ‘Este es el comienzo de la noche’. Se
preguntó al comandante porque no había autorizado el fuego de disuasión, y
contestó: ‘Es de noche y era un terrorista’. Cuando le dijimos que el hombre
sólo llevaba una antorcha, respondió: ‘No importa, era de noche’… Al día
siguiente enviamos a un perro para detectar si tenía explosivos. No tenía nada.
Sólo su antorcha.
Mientras el presidente Simón Peres y varios miembros del Gobierno repitieron
hasta la saciedad que Hamás y los demás grupos armados palestinos utilizaron
escudos humanos en sus operaciones y que sus acusaciones eran propaganda,
resulta patente, a tenor de estos testimonios, que el Ejército israelí sí los
utilizó. “Johnnies”. Así llamaban los uniformados a los palestinos que eran
forzados, encañonados y maniatados, a entrar en las casas sospechosas de
albergar a milicianos. En alguna ocasión, alguno debió entrar más de una vez
para tratar de convencer a los hombres armados milicianos de que se rindieran.
¿Y si no se rendían, se derribaba la casa sobre ellos? “Sí”, contesta un
sargento de la Brigada Golani. Otras veces obligaban a los palestinos a taladrar
paredes con martillos mecánicos para eludir cualquier riesgo de que los soldados
se toparan con una trampa explosiva.
“No era necesario tanto fuego. Tengo la sensación de que el Ejército buscaba una
oportunidad para llevar a cabo una demostración de fuerza espectacular. Es la
única explicación para el uso de morteros dentro de una zona urbana”, explica un
sargento de una brigada de infantería que fue enviado a Netzarim, al sur de la
ciudad de Gaza. “Los objetivos de la guerra eran vagos. Pero nos dijeron que
debíamos arrasar la mayor parte de la zona posible. Esto es un eufemismo de
destrucción sistemática”. El suboficial explica que las casas se derribaban por
dos razones. Una operacional: la sospecha de que en una vivienda se guardaban
armas, o si de ella partían túneles, o si había señales de que se había
excavado. El segundo motivo lo denominaron “El día después”, teniendo siempre en
mente que la operación era de duración limitada. “La idea era dejar un área
estéril detrás de nosotros cuando nos marcháramos. Y el mejor modo para lograrlo
era arrasar la zona. Así tendríamos buena capacidad de fuego, visibilidad
abierta. Podíamos verlo todo. Eso significaba las demoliciones para el “Día
Después”. En la práctica, esto supuso derribar casas que no eran sospechosas.
Puedo incluso decir que, en una conversación con mi comandante, mencionó, medio
sonriente, medio triste, que esto podría añadirse a su lista de crímenes de
guerra”.
No se escatimaron métodos ni recursos. “Todos los medios de destrucción se
utilizaron, al menos los que yo conozco. Las casas eran demolidas con
excavadoras D-9 que trabajaban continuamente, pero la artillería, helicópteros,
tanques y aviones también se emplearon. Y morteros de 81 milímetros, creo. Y,
por supuesto, unidades especiales de ingenieros que hicieron explosiones
controladas de casas. Las explosiones eran constantes. No siempre sabían porqué,
pero volaban casas diariamente”. En los alrededores de donde se instaló la
compañía de este sargento no hubo combates. “No, no. En general no vimos a nadie
vivo, excepto los soldados”. También con experiencia en la franja de Gaza, el
sargento coincide con los demás militares: “La destrucción fue en una escala
diferente. Nunca había conocido semejante poder de fuego”.
¿Que te preocupa de esta operación? Y responde otro soldado: “Primero, tanta
destrucción, todo ese fuego contra inocentes. La conmoción de darme cuenta de
con quien he estado en esto. ¡Como se comportaban mis compañeros! Es asombroso,
inconcebible… Todo ese odio, disfrutar matando. (Decían): ‘He matado a un
terrorista, uuuau’. ‘Le reventamos la cabeza”. Otro compañero se muestra
aliviado por haber sido destinado a otra unidad con soldados más veteranos. “No
eran de gatillo fácil”, comenta.
El Ejército lamentó que otra ONG haya difundido un informe con testimonios
anónimos. Al menos uno, el del sargento Amir, no lo es.
Fuente: El País, Madrid-Jerusalén  15/07/2009

Deje su comentario