Después del siglo XX: Un mundo en transición
14 de Julio de 2009 | Por Carlos Abel Suarez | Categoría: DebatePor Eric Hobsbawn
Un muy destacado científico ha expresado la opinión de que la raza humana sólo tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de sobrevivir al siglo XXI. Ésta es en cierto sentido una afirmación extrema; pero muy pocos disentiríamos de la idea de que nuestra especie y nuestro globo enfrentan ahora peligros sin precedentes para la presente centuria, aunque sólo sea por el extraordinario impacto que la tecnología y la economía humanas ejercen sobre el medio ambiente. A este ensayo mío no le conciernen tales escenarios apocalípticos: supondré que si la
humanidad sobrevivió al siglo XX, igualmente lo hará en el siglo XXI.
El mundo de principios del siglo XXI se caracteriza por tres sucesos principales:
1.- Las enormes fuerzas que aceleran la velocidad de nuestra capacidad de
producción y que, al hacerlo, cambian la faz del mundo. Esto es así y
así continuará.
2.- Un proceso de globalización acelerado por la revolución en el
transporte y las comunicaciones, nos indica que: a) sus efectos mayores
corresponden directa o indirectamente a la globalización económica;
aunque b) se presenta en todos los campos excepto en los del poder
político y la cultura, en la medida en que dependen del idioma.
3.- El reciente pero rápido cambio en la distribución de la riqueza, el
poder y la cultura, de un patrón establecido que duró de 1750 a 1970 a
uno todavía indeterminado.
I. El incremento en nuestra capacidad para producir ?y para consumir?
difícilmente requiere de comprobación alguna. Sin embargo, deseo hacer
tres observaciones. La primera concierne a la explotación de recursos
cuyo abastecimiento es naturalmente limitado. Esto incluye no sólo las
fuentes de energía fósil de las cuales la industria ha dependido desde
el siglo XIX ?carbón, petróleo, gas? sino de los más antiguos fundadores
de nuestra civilización, a saber: agricultura, pesca y bosques. Estas
limitaciones naturales o son absolutas dada la magnitud de las reservas
geológicas y de tierras cultivables, o relativas cuando la demanda
excede la capacidad de estos recursos para su propia renovación, como la
excesiva explotación pesquera y de bosques. Cerca del final del siglo XX
el mundo no se había aproximado aún al límite absoluto de las fuentes de
energía, ni a un incremento sustancial en la productividad agrícola y
las extensiones cultivables, aunque el ritmo de incorporación de nuevas
tierras aflojó durante la segunda mitad del siglo. Los rendimientos por
hectárea de trigo, arroz y maíz subieron a más del doble entre 1960 y
1990. Sin embargo, los bosques fueron seriamente amenazados. La
deforestación en pequeña escala ha sido un antiguo problema y ha dejado
marca permanente en algunas regiones, notablemente el Mediterráneo. La
sobreexplotación pesquera empezó a alcanzar su punto crítico en el
Atlántico norte alrededor de los últimos treinta años del siglo XX y se
extendió a todo el globo debido a la preferencia por algunas especies.
Esto, hasta cierto punto, se ha compensado con la acuicultura, que en la
actualidad produce alrededor del 36% del pescado y marisco que
consumimos ?cerca de la mitad de las importaciones de pescado de los
Estados Unidos. Aunque la acuicultura todavía se encuentra en etapa
inicial, el esfuerzo podría terminar en la mayor innovación en la
producción de alimentos desde que se inventó la agricultura. Esta
vastedad de alimentos alcanzada, que permite alimentar a más de seis mil
millones de personas mucho mejor que a los dos mil millones de
principios del siglo XX, se logró a través de los métodos tradicionales,
además de las tecnologías mecánica y química; de modo que no tiene
sentido argumentar que la humanidad no puede ser alimentada sin
manipulación genética.
El agotamiento de los recursos no renovables o limitados ciertamente
planteará serios problemas al siglo XXI, particularmente si la crisis
medioambiental no se encara seriamente.
Mi segunda observación se ocupa del impacto que la revolución
tecnológica ha tenido sobre la producción y la mano de obra. En la
segunda mitad del siglo XX, por primera vez en la historia la producción
dejó de ser de mano de obra intensiva para volverse de capital intensivo
y, progresivamente, de información intensiva. Las consecuencias han sido
dramáticas. La agricultura sigue siendo el principal deponente de mano
de obra. En Japón la población agrícola se redujo del 52,4% después de
la Segunda Guerra Mundial al 5% en el presente. Lo mismo en Corea del
Sur y Taiwán. Aun en China la población agrícola ha disminuido del 85%
en 1950, al 50% hoy en día. No hay necesidad de comprobar la sangría de
campesinos en América Latina desde 1960, pues es evidente. Para decirlo
pronto, salvo la India y algunas zonas del África subsahariana, no
quedan países campesinos en el mundo. La dramática caída de la población
rural se ha compensado con un alto crecimiento de las zonas urbanas que,
en el mundo en desarrollo, han dado origen a ciudades gigantes.
En el pasado, este caudal de mano de obra redundante y no calificada era
absorbido por la industria ?en la minería, la construcción, el
transporte, las manufacturas, etc. Esta situación aún prevalece en
China, pero en el resto del mundo, incluyendo a los países en
desarrollo, la industria ha venido deshaciéndose aceleradamente de la
mano de obra. Este descenso en la industria no es sólo debido a la
transferencia de la producción de regiones de altos costos a otras de
bajos, sino que también va implícita la substitución de tecnologías
cuyos costos declinan por mano de obra calificada cuyos costos son
inelásticos y al alza con el propio desarrollo económico. Desde 1980,
los sindicatos de la industria automotriz en los Estados Unidos han
perdido la mitad de sus miembros. Igualmente Brasil empleaba un tercio
menos de trabajadores aun cuando produce casi el doble de vehículos
automotores en 1995 que en 1980. El incremento en el sector de los
servicios junto al crecimiento económico no ofrecen una alternativa
viable para dar salida a la mano de obra redundante tanto industrial
como agrícola, generalmente de baja escolaridad y con poca capacidad de
adaptación. Sin embargo, hasta ahora, el empleo a las mujeres ha
resultado relativamente beneficiado, al menos en los países desarrollados.
La mayor parte de la mano de obra redundante la absorbe la economía
informal que, según estimaciones de la Organización Internacional del
Trabajo (OIT), comprende el 47 por ciento del empleo no agrícola en el
Medio Oriente y Norte de África; 51 por ciento en América Latina; 71 por
ciento en Asia y 72 por ciento en el África Subsahariana. El problema se
observa muy agudo en los países más pobres y en aquellos otros
devastados por la transición económica, como la ex URSS y los Balcanes.
Mientras se ha argumentado a favor de la flexibilidad y efectividad de
la economía informal sobre todo en el caso latinoamericano, la verdad es
que ésta es siempre bastante menos significativa en los países
desarrollados (alrededor de diez por ciento en Estados Unidos). En
cambio, el contraste entre un rápido crecimiento económico y la
incapacidad para generar suficientes empleos es particularmente
impactante en la India , cuyo crecimiento se cimienta en capital e
información intensivos pero con un 83 por ciento de la fuerza laboral en
el sector informal. El gobierno de Manmohan Singh se ha visto en la
necesidad de garantizar un mínimo de días de trabajo a la población
rural más pobre.
Mi tercera observación es obvia, y es que el enorme incremento en la
capacidad humana para producir depende mayormente de los conocimientos y
la información. Esto es, en un gran número de gente con altos estudios y
no necesariamente sólo en el campo profesional de la investigación y el
desarrollo. Aquí, la riqueza acumulada y el capital intelectual de la
era de la industrialización occidental continúa dándoles a los países
del norte enormes ventajas sobre los países en desarrollo. Aunque el
número de asiáticos laureados con Premios Nobel de Ciencia va en aumento
desde 1980, sigue siendo pequeño. Los recursos intelectuales en el resto
del mundo en desarrollo siguen a la espera de un mejor aprovechamiento.
Además, los jóvenes investigadores del mundo en desarrollo pueden
trabajar en los centros de investigación del Norte, reforzando así su
predominancia.
Sin embargo, el siglo XXI está siendo testigo de la rápida transferencia
de actividades innovadoras, base del progreso moderno, antes
monopolizadas por las regiones del Atlántico norte. Esto es muy
reciente. El primer laboratorio extranjero para investigación y
desarrollo se estableció en China en 1993 (por Motorola); pero en pocos
años setecientas empresas transnacionales han hecho lo mismo, mayormente
en el sur y el este de Asia, una región especializada en diseño de
semiconductores. Y aquí, una vez más, las disparidades regionales
parecen aumentar, ya que el progreso depende también de que los
gobiernos sean efectivos, se cuente con infraestructura adecuada y,
sobre todo, con población educada por encima de los niveles básicos. No
hay duda de que en países como la India y, en menor grado, Brasil, la
baja escolaridad de la mayoría de la población es un obstáculo; sin
embargo, esto se ha compensado por el relativo buen aprovechamiento del
escaso número de los altamente educados. Los avances en este aspecto, en
el mundo en desarrollo, todavía enfrentan un largo camino. El
crecimiento de algunas regiones y el rezago de otras es muy evidente,
así como el aumento en las disparidades. Según la revista R&D , en la
lista de países más atractivos para invertir, están ?en ese orden?
China, Estados Unidos, India, Japón, el Reino Unido y Rusia. De América
Latina, Brasil ocupó el lugar diecinueve (debajo de Austria), y México
el ventitrés.
II. Y paso a la globalización, esto es, el desarrollo mundial como una
sola unidad, cuyas transacciones y comunicación están libres de trabas
locales y de otra índole.
Esto, en principio, no es nada nuevo. Teóricos como Wallerstein
registran un ?Sistema Mundial? desde la circunnavegación del globo
durante el siglo XVI. Desde entonces se han ido registrando otros varios
e importantes avances, principalmente en los campos económico y de las
comunicaciones. Dejaré fuera de las comparaciones la fase del proceso
previa a 1914. Esa economía nunca abordó seriamente asuntos de
producción y distribución de bienes materiales aun cuando sí creó un
libre flujo global en las transacciones financieras ?aunque en menor
escala que las actuales. Fueron tiempos de migraciones de mano de obra
casi totalmente irrestrictas por los gobiernos, y en este sentido, una
globalización más avanzada que la presente. Y mientras que las
comunicaciones sufrieron cambios benéficos y sustanciales en los
sistemas postales, telegráficos y organismos de coordinación
internacional a mediados del siglo XIX, el número de personas
involucradas en transacciones internacionales fue escaso. De hecho, la
globalización de la producción ha sido posible gracias al revolucionario
avance en las comunicaciones, que virtualmente han abolido las
limitaciones en cuanto a lugar, distancia y tiempo se refiere y al no
menos dramático adelanto en la transportación de mercancías desde los
años sesenta ?carga aérea y contenedores?, aun cuando la innovación
tecnológica fue menor que en las comunicaciones humanas.
Aquí, tres puntos son relevantes.
El primero es la peculiar naturaleza de este proceso a partir de los
años setenta, concretamente el triunfo sin precedente de un capitalismo
que descansa en la libre movilidad global de todos los factores de la
producción y la de los gobiernos atentos a no interferir en la
distribución de los recursos dispuesta por el mercado. Ésta no es la
única versión del concepto de globalización. En las décadas anteriores a
1914, su progreso corrió paralelo rivalizando con las políticas
proteccionistas, moderadas en la mayoría de los países industrializados
y extremas en los Estados Unidos. Durante las décadas doradas
posteriores a 1945 esta práctica de sustitución de importaciones corrió
paralela a las políticas, no tan infructuosas, del mundo no comunista.
No queda claro que los programas neoliberales extremos aseguren un
máximo de crecimiento económico, asumiendo que fuese deseable. El más
rápido crecimiento del Producto Interno Bruto per cápita observado en el
?mundo capitalista avanzado? no se dio en el ?orden liberal? de 1870 a
1913, ni tampoco en el ?orden neoliberal? de 1973 a 1998, sino solamente
en los ?años dorados? de 1950-1973. El crecimiento económico de los
inicios del siglo XXI ha descansado primordialmente en un dinamismo que
Maddison llama ?las quince economías asiáticas resurgentes?, cuyo
crecimiento ha sido asombroso. Pero no fue el neoliberalismo el que
presidió la extraordinaria revolución industrial de Corea del Sur,
Taiwán, China y, aun, la India a principios de los años noventa. A la
inversa, la situación de 168 economías, fuera de estos dínamos, mostró
un rápido deterioro en el último cuarto del siglo XX y fue una
catástrofe para la ex URSS, los Balcanes y algunas regiones africanas.
Algunos aspectos de esta globalización neoliberal tienen relevancia
directa sobre la situación mundial general a principios de este siglo
XXI. Primero, es patente el incremento en la desigualdad económica y
social tanto entre países como al interior de ellos. Esta desigualdad
eventualmente podría disminuir, pues las economías asiáticas más
dinámicas podrían alcanzar a los viejos países capitalistas
desarrollados; pero en el caso de la India y China, con sus miles de
millones de habitantes, hace que la brecha sea tan grande y que el paso
al que pudieran alcanzar el mismo PIB per cápita de los Estados Unidos
sea tan lento como un caracol. Lo que es más, la rapidez con que crece
la brecha entre países ricos y pobres reduce el significado práctico de
estos avances.
Sería inapropiado usar a los 52 multimillonarios de Rusia como índice
comparativo del estándar de vida en ese país. Éstos representan otra más
de las consecuencias de la globalización neoliberal, cuya novedad es que
pequeños grupos de ricos globales son tan adinerados que sus recursos
podrían ser de la magnitud del ingreso nacional de países como
Eslovaquia, Eslovenia, Kenya o, en el caso de los muy ricos, del orden
del PIB de Nigeria, Ucrania y Vietnam. Este tipo de crecimiento ha
generado en la India un mercado de clase media tipo occidental contado
por decenas ?algunos aseguran que cientos? de millones; sólo hay que
subrayar que, hacia 2005, en este país el 43 por ciento de la población
vivía con menos de un dólar al día. Fuertes y crecientes desigualdades
en la riqueza, el poder y las oportunidades para tener una vida mejor no
son la receta para la estabilidad política.
La segunda característica de la globalización, respaldada por las
políticas socialmente ciegas del Fondo Monetario Internacional, ha sido
el agudo crecimiento en la inestabilidad económica y en las
fluctuaciones económicas. Los viejos países industriales han estado
resguardados, comparativamente, de las depresiones cíclicas, excepto por
los bruscos virajes a corto plazo del mercado bursátil; sin embargo, el
impacto ha sido dramático en grandes partes del mundo y, notablemente,
en América Latina, el sudeste asiático y la ex Unión Soviética. Sólo
tenemos que recordar las crisis de principios de 1980 en Brasil y, a
fines de los noventa, las de Indonesia, Malasia, Tailandia y Corea del
Sur y, sin olvidar, la de Argentina a principios del año 2000. Sólo
recordemos los cambios políticos que siguieron a estas crisis en varios
países. Las economías volátiles no son receta para la estabilidad política.
La tercera característica de la globalización neoliberal es que, al
sustituir un conjunto de economías nacionales por una economía global,
se reduce severamente la capacidad de los gobiernos para influir en las
actividades económicas de su territorio y se daña su capacidad
recaudatoria. Esta situación se agudizó mayormente al aceptar todos la
lógica del neoliberalismo. Desde la terminación de las economías de
planeación centralizada, todos los países, incluyendo a los más grandes,
están en mayor o menor grado a merced del ?mercado?. Esto no implica que
hayan perdido todo peso específico en la economía. Todos los gobiernos
centrales y locales, por la naturaleza de sus actividades, son los
principales empleadores de la fuerza laboral. Es más, así han retenido
su mayor valor histórico: el monopolio de la ley y el poder político. Y
esto significa que ya no funcionan como actores económicos en el teatro
mundial, ni siquiera como dramaturgos aunque sí como escenógrafos. Pues
los actores de hoy, las grandes corporaciones transnacionales, se ven en
la necesidad de acudir a ellos pues también son los propietarios de los
teatros nacionales que requieren para sus operaciones. La globalización
neoliberal ha debilitado seriamente a los Estados nacionales como los
conductores del poder y artífices de la política.
Políticamente, el aspecto más serio de este debilitamiento es el de que
priva a los gobiernos, sobre todo a los de las economías desarrolladas
del Norte y Occidente, de sus ambiciosos y generosos planes sobre
seguridad social, mismos que ya desde los tiempos de Bismarck habían
sido reconocidos por los gobernantes como la mejor herramienta para la
estabilidad social y política, esto es, el Estado benefactor. En vez de
esto, el mercado global fundamentalista ofrece un proyecto de
prosperidad para todos ?o casi todos? a través de los beneficios de un
crecimiento económico interminable. Aun en los países como el Reino
Unido donde el programa neoliberal ha proveído a la gente de una genuina
y bien distribuida riqueza, no han disminuido las demandas de los
ciudadanos por más empleos, garantías para sus ingresos básicos, seguro
social, salud y pensiones. Sólo la capacidad o voluntad de los gobiernos
para proveer lo anterior ha posibilitado el cumplimiento de esas
ambiciones.
Esto me trae a la segunda y más amplia de las propuestas sobre
globalización y es que ésta, en mayor o menor grado, es universal pero
se queda corta ante un problema humano mucho mayor: la política.
Históricamente han existido y existen mecanismos económicos en el mundo,
pero ninguno dirigido a la creación de un gobierno mundial. Las Naciones
Unidas y otros organismos prevalecen por la conveniencia y el permiso
que los propios países les otorgan. Los Estados nacionales son las
únicas autoridades en el mundo y sobre el mundo para ejercer el poder de
la ley y el monopolio de la violencia. De hecho, en el transcurso del
siglo XX se dio fin a la era de los viejos y nuevos imperios y, durante
la Guerra Fría , se estabilizaron las fronteras de los Estados
nacionales, revertiéndose la vieja tendencia hacia la concentración del
poder político debido a la expansión imperial y por el surgimiento de
Estados nacionales ampliados. Por implicación, esto resultó
antiglobalizador. Hoy en día, hay cuatro veces más naciones técnicamente
soberanas que hace cien años.
Desde luego, en cierto sentido esta multiplicación de Estados nacionales
ha favorecido la globalización económica pues muchas de las pequeñas y
enanas unidades políticas dependen totalmente de la economía global
porque poseen recursos indispensables ?petróleo, destinos turísticos,
territorios base para la evasión fiscal, empresas transnacionales. Así
pues, algunos países se han beneficiado desproporcionadamente con la
globalización. De los quince Estados nacionales con el PIB más alto per
cápita en el 2004, doce tienen una población que va de los cien mil a
los diez millones de habitantes. La mayoría sin un poder o peso
significativos. No obstante, aun los Estados pequeños y aquellas etnias
aspirantes a formar el suyo propio, son rocas que rompen el oleaje de la
globalización. Ha habido intentos ocasionales de contrarrestar la
fragmentación política del mundo, principalmente a través de áreas
regionales de libre comercio como el Mercosur, pero sólo la Unión
Europea ha logrado ir más allá de lo meramente económico, pero aun sin
que se vean indicios claros de avance hacia una federación, ni siquiera
a Estados confederados, como estaba en la mente de sus fundadores. La UE
, pues, permanece como un hecho irrepetible y producto de la Segunda
Guerra Mundial y la Guerra Fría.
Y abundando: los Estados nacionales son lugares políticos y la política
tiene una considerable fuerza internacional en una época en que todos
los países, democráticos o no, y aún las teocracias, tienen que tomar en
cuenta el sentir de sus ciudadanos. Esa ha sido una fuerza suficiente
para ponerle un freno a la globalización neoliberal. El ideal de una
sociedad global de libre mercado supone la irrestricta distribución de
recursos y resultados en base a criterios de mercado. Por razones
políticas, los gobiernos no pueden correr el riesgo de dejar en manos
del mercado la distribución del producto nacional. Otra, la
globalización requiere de un solo lenguaje ?una versión globalizada del
inglés pero, como lo demuestra la historia reciente en Europa y el sur
de Asia, los países pagan las consecuencias si fallan al tomar en cuenta
los idiomas dentro de sus territorios. Un mundo neoliberal requiere
moverse libremente en la transacción de todos los factores de la
producción. Sólo que no existe el libre movimiento internacional de la
mano de obra, a pesar del hecho de encontrarse una enorme brecha entre
los niveles de salarios de los países pobres y los ricos; millones de
pobres en el mundo quieren migrar a las economías desarrolladas. ¿Y por
qué no hay libertad migratoria? Porque no existe gobierno alguno en las
economías desarrolladas que se atreva a pasar por alto la resistencia
masiva de sus ciudadanos hacia la irrestricta inmigración, tanto en el
plano económico como en el cultural. No defiendo esta situación, sólo
señalo su enorme fuerza.
La política, a través de la acción del Estado, proporciona así el
necesario contrapeso a la globalización económica. Sin embargo,
difícilmente hoy encontramos gobiernos que rechacen las desventajas de
la globalización o que pudieran suspenderla en sus territorios, si
quisieran. Claramente no todos los países son iguales. Ciertamente, la
proliferación de países pequeños y virtualmente débiles da gran
prominencia y peso global a un puñado de países o uniones fuertes que
dominan hoy en día el mundo: China e India, los Estados Unidos, la Unión
Europea , Rusia, Japón y Brasil, quienes tienen alrededor de la mitad de
la población mundial y casi las tres cuartas partes del PIB. La
globalización económica opera a través de empresas transnacionales sin
poder militar ni político, pero que funcionan en un marco determinado
por sus propios países de origen, sus políticas, alianzas y rivalidades.
No obstante, los progresos y la voluntad de globalización continuarán
aun si ?lo que no es imposible? el ritmo para lograr el libre
intercambio mundial aflojase en las próximas décadas. Esto me trae a mi
tercera proposición: la creación de una economía mundial como una sola y
total unidad interconectada y sin obstáculos aún está en la infancia.
Así, si tomamos los bienes de exportación como si fuesen el PIB de los
56 países económicamente significativos del mundo, este alcanzó su
primer punto máximo alrededor de 1913 con cerca del nueve por ciento de
los PIBs conjuntos, pero entre este año y 1990, sólo hubo un crecimiento
del 13,5 por ciento; ni siquiera se duplicó. El Instituto Federal Suizo
de Tecnología, en Zurich, ha establecido un índice de globalización. En
este índice los diez países más económicamente globalizados del mundo
sólo incluyen una economía avanzada, la del Reino Unido (como el número
10). De las economías mayormente desarrolladas, Francia clasifica en el
puesto 16; los Estados Unidos en el 39 un poco adelante de Alemania y
Noruega; Japón ocupa el puesto 67; Turquía clasifica en 52; China en 55;
Brasil, 60; Rusia, 76 y la India ocupa el lugar 105. La clasificación en
globalización social se distribuye más uniformemente entre las economías
occidentales. Con excepción de la mayor parte de América Latina, la
globalización social (si se prefiere cultural) refleja un mayor avance
que la económica.
Esto indica que el mundo continúa abierto a los choques y tensiones de
la globalización. Consideremos que, mientras los pasados treinta años
nos han traído las más grandes migraciones masivas, sólo el 3 por ciento
de la población mundial vive fuera de su país de origen. ¿Qué tan lejos
nos llevarán los todavía modestos avances de la globalización? Júzguenlo
ustedes.
III. Si hemos de juzgar los cambios en la riqueza, el poder y la cultura
en el equilibrio global, debemos, por tanto, definir lo que se entiende
por equilibrio mundial, o mejor, por desequilibrio ?como prevaleció el
planeta en el período de 1750 a 1970. Con una sola excepción ?la
población? hubo un gran predominio de la región del Atlántico norte, al
principio confinada a las partes más relevantes de Europa pero que en el
transcurso del siglo XX se inclinó hacia las antiguas colonizaciones de
emigrantes europeos a Norteamérica, específicamente los Estados Unidos.
Europa y las regiones colonizadas por emigrantes europeos nunca fueron
más que una minoría de la población global, digamos el veinte por ciento
en 1750, y tal vez el treinta o 35 por ciento hacia 1913.
Desde entonces, ha caído hasta llegar alrededor del quince por ciento.
En cualquier otro sentido, el predominio del Atlántico norte fue
absoluto. Cualesquiera que hubiesen sido las circunstancias, la economía
mundial se transformó gracias a las tecnologías y al sistema capitalista
occidentales. Pero aquí debe hacerse una distinción entre el original
predominio europeo y la más reciente fase norteamericana. En el siglo
XIX la dinámica global venía del capitalismo europeo pues los Estados
Unidos eran mayormente una economía independiente: hasta el siglo XX su
impacto sobre América Latina, por ejemplo, era menor comparado con el de
Gran Bretaña. Los territorios del mundo estaban ocupados y divididos
entre los poderes europeos occidentales del Atlántico Norte y el Imperio
ruso. En términos militares la situación no era del todo desequilibrada,
pero ninguna potencia que no contase con los recursos técnicos y de
organización occidentales podría haberse enfrentado a otra que sí los
tuviese. En lo que se refiere al campo intelectual, excepto el
religioso, las ideas que cambiaron la política y la cultura en el mundo
llegaron de Europa. Modernización significaba occidentalización. La
ciencia y la tecnología, aunque internacionales, se originaban en Europa
y sus filiales y estaban virtualmente monopolizadas por los países de la
región. Igualmente por lo que hacía a la literatura, comunicación
impresa, libros y periódicos.
En términos de poder económico, la globalización reforzó la situación
original del norte industrializado y su desarrollo capitalista, el cual
también multiplicó la distancia entre la riqueza per cápita de estos
países con los del resto del mundo, dando a sus habitantes un elevado
nivel de vida, seguridad social y, en general, mejores oportunidades de
vida. En términos de lo que podría llamarse ?capital intelectual?, el
monopolio sobre la ciencia y la tecnología se mantuvo, aunque el centro
de gravedad de estos campos se movió de Europa a los Estados Unidos
después de concluida la Segunda Guerra Mundial. En el campo de las ideas
y hasta la Revolución Iraní de 1979, las ideologías de origen
europeo/norteamericano nacidas de las Revoluciones Estadounidense,
Francesa y Rusa así como las de los Estados nacionales independientes y
aun las del fascismo, fueron ideas casi universales e inspiraron tanto a
los propios gobiernos como a los que quisieron deponerlos.
Esta fue la situación que empezó rápidamente a cambiar hacia finales del
siglo XX, afectando desigualmente a diferentes partes del mundo. Las
regiones importantes en el mundo del siglo XXI son hoy muy distintas en
sus estructuras demográficas. En el año 2006 se estimaba que, en países
con poblaciones enormes, los niños menores de quince años de edad
constituían entre el treinta y el cincuenta por ciento de la población.
Para ser más preciso, son cuatro las regiones de jóvenes actualmente:
América Latina y el Caribe, al norte del Cono Sur; la subsahariana de
África; la importante región musulmana de Oriente Medio y el Norte de
África; y el sur y sudeste asiático. Es preciso distinguir claramente
entre el subcontinente Indio y sudeste asiático. Dejo fuera los
archipiélagos del Pacífico por no ser de gran importancia cuantitativa.
Tres regiones desarrolladas o en rápido desarrollo representan a la
población en proceso de envejecimiento en el mundo. Europa en el más
amplio sentido, incluyendo Rusia y los otros países ex comunistas (no
los musulmanes de Asia central) y Norteamérica y Australasia, todas
éstas son regiones originalmente colonizadas o pobladas por blancos
europeos. Existen, desde luego, diferencias significativas entre
Norteamérica, la Unión Europea , los países que integraban la URSS y la
Europa del este y el lejano oriente asiático: China, Corea del Sur,
Japón, Hong Kong, Taiwán y Singapur.
Para efectos de este trabajo, no me interesa ahora discutir los
problemas globales de la transición demográfica que, esperamos, logre
estabilizarse en una población mundial de más de seis mil millones.
Es evidente que la humanidad del siglo XXI contendrá una proporción
mucho menor de blancos europeos o sus descendientes, una menor
proporción de asiáticos del este y una mucho más alta proporción de
latinoamericanos, de subsaharianos de África, de musulmanes
mediorientales y asiáticos del sur y sureste. Esto tiene una relevancia
inmediata sobre la distribución de la pobreza en el globo, que
claramente se concentra en las regiones de rápido crecimiento
demográfico, a excepción del sureste asiático, donde el desarrollo
económico ha reducido la expansión poblacional; y desde luego también,
los antiguos países soviéticos. De otra parte, mientras no existan
implicaciones inmediatas en la distribución de la riqueza y el poder
económico, esto es irrelevante. Así, de las unidades políticas más
importantes y que son centros de poder económico, sólo dos ?India y
Brasil? están presentes en las regiones de crecimiento demográfico;
cuatro, los Estados Unidos, la Unión Europea , Rusia y China están en
los regiones de estancamiento o disminución poblacional. El África
subsahariana, el Medio Oriente musulmán y el sureste asiático están
fuera de consideración.
La globalización y el desarrollo económico han afectado a los países de
manera asimétrica. De hecho, hoy tenemos un ?mundo en desarrollo?
dividido en tres partes: los países de desarrollo rápido; los países
cuya función principal es la de abastecer materias primas y combustibles
fósiles y los países con poco interés en la economía globalizada. En el
presente, el este asiático es el más exitoso ejemplo de los primeros,
los de rápido desarrollo; los países del antiguo bloque soviético y la
mayoría de los musulmanes de Medio Oriente pertenecen a la segunda
categoría y la mayoría de los subsaharianos de África, a la tercera.
El cambio más importante que se da a partir de 1970 es la transferencia
del centro de gravedad de la economía mundial, de Norteamérica y la
Unión Europea hacia el Oriente extendiéndose por el sur y sureste
asiáticos. A menudo se olvida que el ascenso hacia la prominencia global
de la economía japonesa también ocurrió a finales del siglo XX, así
pues, al término de 1968 la producción industrial de Japón alcanzaba no
más de cuatro por ciento de la mundial total, por debajo de la del Reino
Unido. Desde luego, es verdad que el equilibrio del poder mundial de los
negocios continúa, en gran medida, en manos de los viejos países
industriales. Sin embargo, la tendencia es clara por el destacado y
sorprendente papel de los asiáticos.
Qué tan lejos llegarán los cambios en el equilibrio del poder económico
no está claro todavía. Norteamérica y la Unión Europea , los más
importantes contribuyentes al PIB mundial, perderán terreno ?Estados
Unidos tal vez más que la ue. Por su parte, los países del Mar de China
avanzarán, pero todavía les falta mucho. A la India , todavía no se le
puede juzgar, pero hay que considerarla como claro y futuro jugador
importante. A América Latina, con su cercanía al ocho por ciento del PIB
mundial, no se le ven trazas de algo importante; los resultados de
décadas pasadas han sido más bien decepcionantes y sus prospecciones
dependerán del progreso que obtengan los países del Mercosur y México
mientras no sean absorbidos aún más por la economía estadounidense. El
mundo musulmán del Oriente Medio, con todo y los ingresos por el
petróleo y gas, contribuye poco a los cambios y ?a excepción de Turquía
e Irán? sus prospecciones dependen mucho de la venta de energéticos. Por
su parte, los sucesores de los países comunistas, que ahora contribuyen
con alrededor del cinco por ciento del PIB posiblemente mejoren algo sus
resultados cuando se recuperen de los infaustos sucesos de los noventa.
Además de las materias primas y el petróleo, el poder económico de la
Rusia desindustrializada tiene hoy un poco más en don- de apoyarse que
en los tiempos de la era soviética con todo y la poderosa industria de
armamentos y la gente con elevada educación. Por otro lado, a la cada
día más empobrecida África subsahariana se le ven escasas esperanzas de
poder lograr desempeñar un mejor papel.
De todas las regiones, sólo una, América del Norte, se encuentra bajo el
predominio de una sola economía nacional: los Estados Unidos. Cuando las
reliquias de la Guerra Fría incluyendo a Rusia asumieron que el camino
se despejaba, el futuro lógico lo encontraron en combinarse con Europa.
En el este y sudeste asiáticos, China puede aspirar a la hegemonía
económica que por breve tiempo disfrutó Japón, pero Japón permanecerá
como un jugador principal, sin tampoco olvidarnos de la India. Este
nuevo y dinámico centro global, por consiguiente, será el campo en la
interacción de estos tres gigantes. Ni la región musulmana del Medio
Oriente, ni África, potencialmente poseen fuerza hegemónica en los
campos económico y político; pero en América del Sur el solo tamaño y
potencial de la economía brasileña le asigna a ésta un papel central,
todavía más si la economía mexicana se permite seguir atada al sistema
de los Estados Unidos.
Esto no significa que estas economías hegemónicas nacionales o
regionales estén en conflicto con la ya en buena parte interdependiente
economía global, que les otorga a todos beneficios reales o potenciales.
Y sí significa que la globalización no puede ?como el neoliberalismo lo
supone? ser como el fluir suave de un líquido. Existen tres agregados
principales, políticos y sociales, en el líquido. Primero, el siglo XXI
tiene poco que ofrecer al rico mundo del norte, excepto la erosión, tal
vez la pérdida, de su vieja hegemonía que fue también la base de su
poder y del extraordinariamente elevado estándar de vida en su gente.
Inevitablemente este mundo del norte se resistirá a los cambios, aunque
sólo los Estados Unidos ?con sus aspiraciones de supremacía de mano
fuerte? pueden verse tentados a complementar su resistencia con medios
militares. Segundo, la ausencia de autoridades globales efectivas y de
un sistema de poder internacional, han creado una situación de gran
inestabilidad política y social, turbulencias y gobiernos impotentes en
muchas partes del mundo, efectos que durarán todavía algún tiempo.
Tercero, las tensiones y desigualdades originadas por una globalización
incontrolada, están generando una significativa resistencia popular que
limita el campo de acción de los gobiernos neoliberales y de regímenes
democráticos. Desde luego, se generarán movimientos de disidencia y
rebelión populares.
Nos encontramos en el presente ante una fase de transición, de una
economía mundial dominada por el Norte a una de nuevo esquema,
probablemente de orientación asiática. Hasta que estas nuevas pautas
queden establecidas, es probable que pasemos por algunas décadas de
violencia, turbulencias económicas, sociales y políticas, como ha
ocurrido en el pasado en similares periodos de transición. No es
imposible que esto nos lleve a guerras entre países, sin embargo serán
menos probables que en el siglo pasado. Quizá podamos esperar una
relativa estabilidad global en algunas décadas, como las posteriores a
1945. Ciertamente la humanidad no se acercará a la solución de la crisis
medioambiental del mundo, crisis que la propia actividad humana
continuará fortaleciendo. ¿Cuál es la participación de Latinoamérica en
esta prospección global? Ésta es una cuestión que ustedes como expertos
pueden encarar mucho mejor que yo, que no lo soy.
Fuente http://www.ddooss.org/articulos/otros/eric_hobsbawn.htm